Durante la década del 90, el cine israelí transitó el período menos fértil de toda su historia. Para aquel entonces, se encontraba alejado de los principales circuitos internacionales (donde había cosechado, hasta ese momento, seis nominaciones al Oscar y varios premios) y no despertaba interés en el público local (ninguna de las películas estrenadas durante esa década se incluye entre las cien más vistas del cine israelí). De aquella década se destacan pocas películas, como Ha-chayim al-pi Agfa (Life According to Agfa, 1992) de Assi Dayan, que ganó una mención especial en el Festival de Berlín, o Etz hadomim tafus (Under the domim tree, 1994) de Eli Cohen, y esta situación generaba la necesidad del cine israelí de reinventarse para volver a conquistar el público local e internacional.

En el pasaje de los 90 al 2000, aparece con fuerza en el plano internacional la figura de Amos Gitai, con dos de sus películas de ficción más destacadas, Kadosh (1999) y Kippur (2000). El éxito de Gitai trajo aparejado que nuevas generaciones de espectadores en el mundo empezaran a posar sus ojos en el cine israelí, pero se daba la paradoja de que al público local no le interesaban las películas de Gitai. Sin embargo, fue este cine el que le abrió las puertas a otras películas de enorme éxito internacional, como la producción israelí-francesa Hatuna Meuheret (La mujer de mi vida, 2001).

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Hatuna meuheret es la ópera prima de Dover Kosashvili, un cineasta israelí nacido en Georgia. La película narra los conflictos familiares que atraviesa un muchacho de treinta años llamado Zaza y proveniente de Georgia, al enfrentarse a una familia que lo quiere casar a toda costa con la primera chica de buena familia georgiana que aparezca, con tal de que mantenga las férreas tradiciones culturales de su país de origen. Pero Zaza está enamorado de una mujer divorciada, algunos años mayor que él y madre de una nena de seis años, y cuando la familia se entera de este affaire, el enfrentamiento es inevitable.

Es evidente que Kosashvili narra situaciones que le son familiares, el abordaje de las rígidas tradiciones culturales georgianas es un tema que forma parte de su historia personal o que, al menos, conoce de cerca. Y si bien toma un colectivo propio pero que no representa a la totalidad de la sociedad israelí, el conflicto entre el apego a las tradiciones o salir del gueto de crianza es una cuestión constante y permanente en el cine judío de distintas latitudes, generalmente abordando la puja entre el gueto judío y la asimilación. Sin embargo, la disputa entre mantenerse en el gueto de un colectivo de inmigrantes o salir de este a la sociedad israelí, con todas sus variantes culturales, era algo reservado al conflicto entre los sefaradíes o mizrajíes y los ashkenazis, muy común en las comedias denominadas “burekas” y con la variante socioeconómica detrás (la trillada fórmula “chico sefaradí o mizrají humilde se enamora de chica ashkenazí de buena oposición”).

Es curioso el hecho de que, para aquellos espectadores que desconocen el hebreo y su diferencia total con el idioma georgiano, la representación de esta familia georgiana con sus fuertes tradiciones puede ser confundida con una idea más generalizada de la sociedad israelí. La película se mueve siempre dentro del contexto de esa familia y, como no vemos a la familia de origen de Judith, la mujer divorciada de la que se enamora Zaza, y su contraste con la familia del muchacho, las diferencias culturales entre unos inmigrantes muy tradicionalistas y una sociedad mucho más cosmopolita se sobreentienden pero no se construye sobre eso una idea de contraste entre un mundo y otro.

En la mirada internacional puede haber influido el éxito previo de Kadosh, que también muestra las tensiones dentro de un colectivo cerrado, aunque con enormes diferencias ente los colectivos que muestran ambas películas (el mundo de la ortodoxia, que en Kadosh se muestra algo violento, no llega al extremo del comportamiento cuasi mafioso que retrata Kosashvili de su propio mundo de origen, aunque ambos coincidan en su espíritu machista).

Hatuna meuheret fue la película que volvió a asegurarle un espacio al cine israelí en el mercado internacional y sirvió para lanzar las carreras de dos de los actores más destacados de esta nueva generación, Lior Ashkenazi (Zaza) y Ronit Elkabetz (Judith). Ashkenazi comenzó su carrera en largometrajes con este drama, mientras que Elkabetz venía actuando en cine desde 1990 pero este fue su pasaporte a la fama y ambos se convirtieron en los rostros más habituales de una industria que, a partir de allí, volvió a florecer.