Laberinto de mentiras

Leo Aquiba Senderovsky 1 noviembre, 2015 0

  maxresdefaultLaberinto de mentiras, ópera prima de Giulio Ricciarelli, actor y productor italiano afincado en Alemania, narra la historia de un joven e idealista fiscal llamado Johann Radmann, que en 1958 decide enfrentarse al gobierno y a la sociedad alemana para poder llevar a juicio a los viejos verdugos nazis, algunos de ellos exiliados en otros países y otros ocultos dentro de la sociedad alemana.

La película, que parte de un personaje construido para la ocasión, recorre dos vetas en simultáneo como parte del trayecto que desanda Johann en su búsqueda de justicia. Por un lado, está la obsesión de Johann por la figura de Josef Mengele, el famoso médico nazi que experimentaba con prisioneros en Auschwitz. Esta línea, si bien está narrada de manera solvente, apela a los lugares comunes propios de todas las películas que retrataron la caza de estas figuras trístemente célebres del nazismo. La otra veta, la más interesante, tiene que ver con los impedimentos con los que se topa Johann para destapar los secretos que Alemania decidió enterrar luego de que los aliados liberaron los campos de concentración. Es a partir de estos obstáculos que la película se enfoca en el interrogante de cuál es el grado de culpabilidad de la sociedad y hasta dónde puede llegar la búsqueda de justicia sin convertirse en una caza de brujas.

El relato arranca trece años después del fin de la Segunda Guerra Mundial y de la caída de Hitler. En esos trece años, Alemania ya logró levantarse e intentar construir un presente alejado del fantasma del Tercer Reich. Pero, para poder levantarse, decidió tomar el pasado como cosa juzgada y mirar para adelante. Cuando a Johann le llega la oportunidad de tomar el caso de un ex oficial de las SS reconvertido en maestro, decide empezar a interiorizarse en el pasado reciente de su país.

NviOzLo que narra muy bien este film es la complejidad que implica buscar justicia por acciones ocurridas en el pasado cuando el pasado no es menester del gobierno de turno. Parece increíble que un joven fiscal, como exponente de toda una sociedad, desconociera casi por completo los hechos que ocurrieron en su propio país, incluso luego de los juicios de Nuremberg (en la película, algunos personajes los mencionan como una verdad pergeñada por los aliados, como poniéndose en el rol ocupado por los nazis, afirmando que la historia la escriben los que ganan). Sin embargo, es comprensible ese desconocimiento en un contexto donde había nula voluntad estatal de revisar el pasado. Esa nula voluntad radica en el hecho de que todos habían sido o se sentían un poco cómplices de semejante barbarie que ocurrió delante de sus narices.

Pero, ¿es lo mismo un miembro de la sociedad alemana que un soldado? ¿Se puede juzgar con la misma vara a un partícipe de los campos que a un alemán que no hizo nada para que eso no ocurra? ¿Tiene la misma responsabilidad un afiliado al partido nazi por obligación que uno por convicción? Estas preguntas saltan a la luz cuando el protagonista pasa de un accionar heroico a un accionar paranoico, cuando pasa de ser un paladín de la justicia obsesionado por seguir el rastro de Mengele a un funcionario capaz de cuestionar a la mujer que ama por el pasado de su padre.

Naturalmente, en el derrotero del protagonista hay secretos que terminan volviéndose obvios antes de ser revelados, como la vinculación de su desaparecido padre con el nazismo. Pero, más allá de esto, el mayor logro de la película radica en la forma de introducirse en el meollo de lo que implicó la idea de culpa colectiva, luego del proceso de desnazificación que vivió Alemania.

Luego de la caída de Hitler, Franklin D. Roosevelt dijo: “Hay que enseñar al pueblo alemán su responsabilidad por la guerra y, durante mucho tiempo, deberían tener solo sopa para desayunar, sopa para comer y sopa para cenar”.  Por aquellos años, Harry S. Truman escribió: “No puedo sentir mucha simpatía por aquellos que causaron la muerte de tantos seres humanos por hambre, enfermedad y asesinato descarado, además de la destrucción normal y muerte de una guerra.” Expresiones como estas fueron las que delinearon el concepto de “culpa colectiva”.

069accc8e8d0af8549fda8f6fc09297aNaturalmente, frente a todos los regímenes que produjeron muertes, puede concluirse lo mismo. Contrario a lo que en aquellos años se consideraba como “culpa colectiva” (los aliados construyeron una campaña gráfica para los alemanes con carteles con fotos de los campos y leyendas del tipo “¡Eres culpable de esto!”), hay que entender que la culpa colectiva no puede implicar una caza de brujas ni el considerar la responsabilidad de cada miembro de la sociedad de manera similar a la de los verdaderos criminales de guerra.

La culpa colectiva, tanto en Alemania como incluso acá luego de la última dictadura militar, es un llamado de atención, una invitación a reflexionar. Eso es lo que deja un film que en su interrogante principal muestra la fragilidad del protagonista en su pensamiento maniqueo, que se enreda en la trampa de pensar que las personas pueden ser enteramente culpables o enteramente inocentes, cuando el problema no puede circunscribirse a una responsabilidad de carácter individual, sino al problema de que todos, como miembros de una sociedad, fueron constructores de la barbarie y luego todos intentaron darle la espalda al pasado como si se pudiera tapar el sol con la mano.

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