Jorge Polaco era un director de cine especial. Demasiado especial. Era el único cineasta argentino al que le gustaba retratar lo feo. Se supone que encontraba belleza en esa fealdad, así como quien logra sacar agua de las piedras. Como el arte es una experiencia personal, habiendo visto un par de sus películas (Diapasón y alguna más), nunca encontré esa belleza. Y eso le pasó a mucha gente que se topó con alguna película de Polaco. Tal vez somos ignorantes o no sabemos apreciar estéticamente lo repugnante, pero en el caso de Polaco, todo lo repugnante siempre estuvo subrayado, con trazo grueso, siempre hundiéndose en lo bizarro. Su prestigio siempre lo ganó a fuerza de confrontar con quien no entendía su cine. «Si no es para vos, no es para vos» reforzaba un slogan viejo del BAFICI, suponiendo que lo marginal tiene un valor por el simple hecho de ser raro. Para mí, sencillamente, sus películas siempre fueron inmirables y bastante infumables.

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A Polaco me tocó tenerlo como profesor en un seminario de dirección de actores en la FUC. Si mal no recuerdo, una de esas materias cuatrimestrales opcionales, de las cuales tenías que elegir una entre una oferta de materias. No recuerdo haber aprendido absolutamente nada en esa materia. Polaco era más un provocador que un profesor, un tipo que le gustaba jugar a mostrarse un poco perversito y se ufanaba de eso. En la FUC se narraban muchas historias sobre cosas que les hacía hacer a sus alumnos o frases que tiraba al pasar, y algunas de esas cosas uno las terminaba viendo en el aula.

Como siempre fui tímido (demasiado para este tipo de seminarios), con más suerte que astucia, siempre zafé de estar en la línea de fuego y evitaba que Polaco me sorprendiera con alguna de sus locuras. Intentaba ocultarme en la silla para que no me viera y no tener que cantar o hacer alguna boludez de las que pedía. Cuando llegó el momento de rendir el final de la materia, no me quedó otra que sentarme frente a la mesa examinadora integrada por Polaco y Nelson Agostini (que era un profesor en serio y enseñaba todo lo que a Polaco le resbalaba). Antes que yo entrara a rendir, salió una compañera llorando a mares. Con esa presión entré a rendir una materia de la cual desconocía absolutamente qué podían llegar a tomar.

Lo primero que me pidió Polaco fue que le analizara estéticamente mi calvicie («hablame estéticamente de tu pelada» creo que fueron sus palabras exactas). Como en ese momento tenía poco más de veinte años y era más joven y más estúpido que ahora, me quedé atónito y no supe qué responderle. Lo único que atiné a hacer fue reirme y decir que «era algo superado». Ahí Polaco se exasperó. «¡No me hables en términos psicoanalíticos!» creo que gritó mientras sus manos temblaban horrorosamente. Párrafo aparte: Su hermana, Liliana Polaco, es psicóloga y también la tuve como profesora en la FUC. Es su perfecta antítesis, una persona correcta, muy cálida y una excelente docente.

Así estuvo un rato más bien breve torturándome un poquito mientras que yo me encontraba defendiéndome casi sin palabras y sin mover un músculo. Acto seguido dijo que tenía que salir (no me acuerdo si dijo que tenía que ir al baño o a tomar una pastilla, creo que la segunda, de todos modos el recuerdo está casi impecablemente grabado en mi memoria) y le pidió a Nelson que me desapruebe. Nelson, seguramente habituado a sus locuras, me dijo que me quedara tranquilo, que podíamos arreglar un 4 como nota final.

Cuando salí de rendir, me despaché contándole a todos mis compañeros lo que había pasado con una mezcla de sorpresa, humor e indignación. La ficha me terminó de caer cuando Nelson dijo las notas de todos y ahí me enteré que a la compañera que salió llorando le puso un 10. Nunca supe qué le dijo para hacerla llorar, ni tampoco si fue un inteligente ardid de ella (que es actriz) para poder zafar de la mesa de examen. Lo que sí entendí es que el tipo buscaba irritarnos y que, así, le mostremos nuestras emociones.

¿Eso lo hacía un buen profesor? Tal vez algunos crean que sí. Yo prefiero pensar que no y defender la actitud ingenua que tuve de quedarme impertérrito. Por más que me ligué un 4, no le di el gusto de verme llorar.