Generalmente, uno cuando piensa en películas oficialistas de la dictadura, lo primero que se le viene a la cabeza son las películas de Palito Ortega y Carlitos Balá sobre las fuerzas armadas, las dos Comandos azules y, primera en el podio, La fiesta de todos. De todas ellas me gustaría escribir unas palabras, pero para arrancar estos artículos sobre el cine argentino en dictadura, preferí tomar una película olvidada por completo, de un director que hizo muchas películas por aquella época y que, tal vez, expone el discurso oficial de manera mucho más fina y solapada pero, no por ello, menos interesante que las anteriormente mencionadas.

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De cara al cielo fue estrenada el 3 de mayo de 1979. La dirigió Enrique Dawi (cuya filmografía durante la dictadura cosechó una decena de películas) y la protagonizó Gianni Lunadei con un gran elenco. Generalmente esta película no es mencionada porque, pese a haberse estrenado con bombos y platillos, no fue un gran éxito. También contribuye el hecho de que narre un episodio histórico, por ende, el discurso militar no se ancla en el presente de la dictadura. La interesante operación que realiza es remontarse al pasado de la Historia argentina para justificar el presente.

Conviene recordar que, a lo largo de la historia, muchos gobiernos de sesgo dictatorial, que tutelan su producción cinematográfica, han concebido films históricos cuya finalidad es justificar el accionar del propio gobierno. En la Alemania nazi esto fue moneda corriente, desde el famoso film antisemita Judío Suss (cuya historia acontece exactamente 200 años antes de la realización de la película) hasta Kolberg, la última superproducción del nazismo.

Lo cierto es que la dictadura no planificó su producción cinematográfica como lo hacía Goebbels, pero hay pocos ejemplos, como De cara al cielo, que escapan a esa falta de planificación. Esta película dirigida por Dawi parte de un concurso organizado por el Instituto Nacional de Cinematografía en conmemoración por los cien años de la Campaña al desierto, la gesta de Roca que, luego de la dictadura, aprendimos a repudiar por la forma en que se arrasó con los pueblos originarios. Conociendo este desenlace, queda claro que el discurso de la película es sumamente mentiroso y, al igual que el discurso oficialista de la época, ocultaba un claro genocidio.

El coronel Alvarado, interpretado por Lunadei en uno de sus pocas interpretaciones alejadas de la comedia, es un soldado querido por sus tropas y por los nativos. Su lucha es clara, es capaz de matar indígenas en el medio del combate, pero su propósito es conquistar las tierras para dividirlas, un 50 por ciento para los argentinos beneficiarios del plan roquista y el otro 50 para los propios nativos. Lo de Alvarado no se muestra como un intento de rebelión, sino todo lo contrario, como una muestra de lealtad a su gobierno. La película nos dice que el gobierno de Roca buscaba conquistar las tierras para dividirlas de esa forma. Alvarado combate principalmente la venta de tierras a extranjeros, porque entiende que eso pervierte el plan del gobierno de repartir las tierras entre todos «los hijos de esta tierra». Curiosamente, su lucha es contra los más beneficiados históricamente por la Campaña al desierto, algo que, obviamente, la película elige no contar, como tampoco elige mostrar el genocidio que representó para los nativos.

Otro dato valioso, luego de años de servir a la patria sin contacto posible con una mujer, Alvarado se enamora de una chica cuya pareja es un funcionario inglés a quien ella no ama. Este hecho no se aleja del discurso oficial, que expone un paralelismo entre el (mentiroso) relato histórico y el (mentiroso) relato político del presente.

Cuando la película se realiza, el conflicto con Chile por el Canal de Beagle ya estaba instalado en la sociedad y ya se ponía también como enemigo al gobierno británico, tanto por Malvinas como por el Laudo Arbitral de la Reina en 1977 respecto al conflicto de Beagle. Por otro lado, frente a la presión extranjera, antes, durante y después del Mundial, el lema de «los argentinos somos derechos y humanos» ya estaba instalado. De esa manera, la dictadura intentaba vender un supuesto clima de paz frente a los conflictos internos, negando las torturas y desapariciones, como se niega el genocidio de los pueblos originarios en la película, y expresándole a la sociedad argentina que el enemigo real, el accionar que todo el pueblo argentino unido debe combatir, es el del extranjero, que pretende atacar nuestra soberanía.

En De cara al cielo, el conflicto interno entre criollos e indígenas se resuelve en paz (una paz que niega el genocidio pasado y el contemporáneo a la realización del film), mientras se observa la lucha del protagonista para defender la soberanía nacional frente al extranjero que pretende quedarse con lo nuestro, con la tierra argentina y también con la mujer argentina. La frase que cierra la película no podría ser más clara al respecto: «… Y esta sangre olvidada fue la que afirmó nuestro histórico derecho sobre el lejano sur… tan argentino!».

Otro dato interesante: antes de que Alvarado despida a los extranjeros que fueron a visitar las tierras que iban a comprar, les da un sermón sobre el derecho que tienen quienes se ganaron con sacrificio la propiedad de las tierras del sur argentino por sobre los extranjeros que vienen a quedarse con ellas. En ese parlamento, que sintetiza el discurso de la película, se ven de fondo los dos elementos tradicionales del discurso militar, el crucifijo y la bandera, representando los dos factores que Alvarado pone en juego en su monólogo: Dios y la Patria.

Esta película, que hace unos años Volver la proyectaba en una copia horrible, hoy es difícil de conseguir, como por ejemplo cuesta encontrar copias de las películas militares de Ortega, pero al igual que ellas, merece ser conocida y analizada para comprender, en este caso, cómo la dictadura revindicaba, desde la mentira, un acontecimiento ocurrido cien años atrás, para justificar su discurso oficial.