Publicado originalmente en “¿Crítico, yo?”

El secreto… la comparan con La historia oficial, pero está más cerca de Camila, de María Luisa Bemberg. Por el fenómeno de taquilla que supuso su estreno (La historia… fue un éxito en su reestreno, luego de ganar el Oscar), porque ambas están vinculadas con el Oscar (Camila estuvo nominada), y, fundamentalmente, porque ambas narran una historia de amor en un determinado contexto histórico y político. Si hacemos ese vínculo podríamos decir que, a grandes rasgos, a los argentinos nos gusta la mezcla de romance, historia y sangre.

Ahora bien, a uno le cuesta ver a Campanella apelando conscientemente a esta ecuación. Es más, cuando buscó repetir la fórmula de El hijo de la novia, duplicando las dosis de sentimentalismo de aquella en Luna de Avellaneda, es cuando menos acertó en términos artísticos. Si hubiese sido por asegurarse la continuación de su éxito popular, su carrera se habría limitado a continuar la senda de estas dos últimas películas (esto es un fenómeno que, tristemente, puede verse en muchos realizadores locales, más o menos convencionales). Afortunadamente, decidió jugarse apelando a un relato mucho más complejo y oscuro, y comprobó con eso que el público sólo demanda buenas historias, con grandes actuaciones, bien realizadas y, en lo posible, con un acertado equilibrio entre drama y humor, y que habiliten la reflexión posterior. Esos son, ni más ni menos, los méritos concretos de El secreto…, una película que asumió su importancia desde el momento de su estreno.

Pese a esto, no es la única película argentina que llega a este nivel artístico en todos sus rubros. Detrás del pasaporte a Hollywood de Campanella, en el cine argentino de las últimas décadas conocemos realizadores que pudieron haber llegado a alcanzar el Oscar y/o lograron exitazos de público con algunos de sus films. Sin ir más lejos, Aristarain y Bielinsky son dos realizadores que podrían haber llegado allí (Aristarain, por ejemplo, comparte con Agresti y con Campanella el haber dirigido para Hollywood films menores, mientras que Bielinsky consiguió que su inolvidable ópera prima tuviera velozmente una remake norteamericana, su prematura muerte no le permitió llegar más lejos). Si El secreto… logró lo que otras excelentes películas argentinas arañaron, fue por una química particular que se dio entre la película y el público local e internacional (incluyendo el jurado de la Academia). Una química difícil de dilucidar más allá de los propios méritos del film, y que no responde a ninguna ecuación definida sobre el cine que, supuestamente, desean ver los espectadores.

Campanella consiguió cumplir el sueño imposible de muchos realizadores locales. Pero su mayor mérito fue hacer que la industria americana le abra sus puertas al cine argentino, algo que venía mereciendo desde hace tiempo. Ahora, es deber de la industria del cine nacional responder acertadamente a lo que este acontecimiento habilita en términos comerciales y artísticos, entregando películas de género que sigan enalteciendo al cine argentino, y anulando aquellas que no poseen mérito alguno. Y que los realizadores menos convencionales sigan por la senda de la exploración estética y narrativa, porque lo más saludable para el cine nacional es sostener un nivel tan superlativo como heterogéneo. El suceso descomunal de El secreto de sus ojos, antes que originar la terrible acción, mediática e institucional, de meter a todo el cine argentino en la misma bolsa, debe potenciar el buen nivel artístico del cine argentino y fomentar su mayor virtud: su diversidad.