el-secreto-de-sus-ojos-poster

Sinopsis

Benjamín (Ricardo Darín) ha trabajado toda la vida como empleado en un Juzgado Penal. Ahora acaba de jubilarse, y para ocupar sus horas libres decide escribir una novela. No se propone imaginar una historia inventada. No la necesita. Dispone, en su propio pasado como funcionario judicial, de una historia real conmovedora y trágica de la que ha sido testigo privilegiado. Corre el año 1974, y a su juzgado se le encomienda la investigación sobre la violación y el asesinato de una mujer.

[youtube id=”rZvBQ8l2EoY” width=”600″ height=”350″]

Crítica de Cine.com por Leo Aquiba Senderovsky

El secreto de sus ojos es, como suele decirse en estos casos, una película importante. Con El hijo de la novia, Campanella ya había demostrado que lo suyo eran las películas importantes, si por importantes entendemos rotundos éxitos de público. El secreto… no es solamente un gigantesco éxito comercial (en Argentina mantiene el liderazgo en la taquilla desde el día de su estreno, el 13 de agosto, a la fecha, con más de un millón y medio de espectadores, y en España, lanzándose con 210 copias, se ubicó tercera en recaudación en su primer fin de semana) sino que además es una gran película.

Una gran película quiere decir, para entendernos un poco, la mejor en la carrera del cineasta argentino Juan José Campanella, la más compleja y la mayor apuesta visual en su filmografía, una prodigiosa adaptación literaria, y uno de los mejores filmes argentinos, por lo menos de la última década (el mejor desde El aura, de Fabián Bielinsky, estrenado en 2005). No es función de quien escribe categorizar lo que ha visto, pero en este caso vale la pena.

Luego de un trayecto que venía acumulando éxitos, pero encarándose hacia un cada vez más pronunciado discurso demagógico y populista, Campanella se permite barajar y dar de nuevo. Se permite trasladar la astucia en la puesta en escena que demostró anteriormente en su larga experiencia como director de televisión en Estados Unidos, conjugándola con una precisa adaptación de la novela “La pregunta de sus ojos”, de Eduardo Sacheri. Cualquiera que haya visto sus dos películas anteriores, podría haber augurado que la adaptación de Campanella terminaría decantándose en un cúmulo de respuestas.

Sin embargo, de esta adaptación podemos rescatar inicialmente la palabra que aparece en el título de la novela y que aquí Campanella ha cambiado por “secreto”, un término mucho más cinematográfico. La pregunta, como concepto, recorre toda la película. Desde la pregunta de quién ha asesinado a la mujer de Morales, la principal pero también la más obvia y menos importante, hasta las que hacen que los personajes se vean obligados a mirar hacia atrás, a revisar el pasado y cuestionarlo. Benjamín Expósito (un brillante Ricardo Darín, que no se lucía así, casualmente, desde El aura), ex empleado de un Juzgado Penal, revisa un caso policial que lo ha obsesionado. Pero la pregunta fundamental que motiva el libro que está escribiendo sobre aquel caso no es quién asesinó a esa mujer, sino cómo su marido pudo anclar su vida en el recuerdo de aquel amor, y ese cuestionamiento dispara principalmente la angustia que lo carcome desde aquellos años, al no haber tenido la valentía de declararle su amor a Irene, la mujer que amó en secreto en los pasillos de Tribunales.

La idea de la reconfiguración del pasado a partir de su revisión por los entresijos de la memoria es lo que motiva la reconciliación de Benjamín con su propia historia, con aquellas malas decisiones que desembocaron en su amargo presente como un solitario jubilado, intentando entender el sentido, la verdadera necesidad de recurrir a la memoria para plasmar en una novela la trunca historia de amor de Morales, y su propio romance que nunca pudo ser.

Tomemos como ejemplo la presentación del pasado. El hijo de la novia, Luna de Avellaneda y El secreto de sus ojos comienzan con un flashback. En la primera vemos a Rafael (Darín) de niño, jugando al Zorro con su mejor amigo, y luego comiendo los polvorones de la mamá. Luna de Avellaneda comienza con una enorme fiesta en el club deportivo en 1959, momento y lugar donde nace Román (Darín). El secreto de sus ojos se inicia con otro flashback, con el momento en que Benjamín e Irene se despiden en la estación de tren. Pero esta despedida está filmada de una manera completamente ajena al clasicismo imperante en los dos flashbacks anteriores. En las tres películas el pasado constituye un elemento sustancial en el conflictivo presente de los tres personajes encarnados por Darín (en la anterior a El hijo de la novia, El mismo amor la misma lluvia, que guarda muchas más similitudes con El secreto…, el pasado también es esencial, pero a diferencia de las otras, la primera imagen es presente, y toda la película será un racconto histórico para llegar a ese inicio).

La diferencia en los flashback de unas y de otras es fundamental para entender el cambio de enfoque que adopta Campanella en esta última película. En El hijo… y en Luna… el pasado es cristalino, puro, ideal, incuestionable, y ambas películas tratan de un personaje buscando ilusoriamente retornar a ese pasado. El flashback de El secreto… también tiene esa carga de idealización, pero es confuso, extraño, más cercano a lo onírico que a lo real. El pasado ya no es un blanco al que hay que retornar, es gris, está sesgado por una mala decisión, y habrá que volver a él para releerlo y para ver de qué manera los errores de ayer pueden quedar definitivamente sepultados y ser reemplazados por buenas decisiones en el presente, si es que queda tiempo para cambiar las cosas.

En ese sentido, surge la más clara similitud con El mismo amor… En las cuatro películas el personaje de Darín es un cobarde que ve en el contexto en el que se mueve, las razones para victimizarse y para echar culpas por sus propios errores. En las cuatro aprende que tal vez siempre haya tiempo de volver a empezar, aunque sólo sea una ilusión. A diferencia de El hijo… y de Luna…, tanto en El mismo amor… como en El secreto… hay una historia de amor sesgada por un contexto político concreto, pero curiosamente, en ambas se cristaliza más lo gris del personaje de Darín, la idea de que su propia cobardía lo ha llevado a un presente oscuro, y que sólo de él depende que éste se revierta. En ambas, el contexto político no es ni un decorado ni un mero elemento puesto allí para que el personaje deposite su culpa, pero lejos de ser la causa de los conflictos en las dos historias de amor (no es casual que en ambas la pareja sea la misma, Darín – Villamil), los acontecimientos histórico-políticos que aparecen o se cuelan en la trama obligan a establecer un inteligente paralelismo entre la decadencia de Jorge (en El mismo amor…) y de Benjamín (en El secreto…), y la decadencia del país, sumergida en una feroz dictadura en la primera, y viviendo la tenebrosa antesala de esa misma dictadura en la segunda.

El mismo amor… es una película netamente romántica. El secreto…, en cambio, tiene el romanticismo de aquella, pero está lejos de adoptar una estructura basada en lo romántico. Si se debe analizar desde un género en particular, este debería ser el policial negro. El secreto… aborda el policial desde una postura enérgica, sanguínea, apelando a los aspectos de este género que más le aportan a la trama, el extremo opuesto de la vacua cáscara “noir” de La señal, el último intento argentino en este género, protagonizado y codirigido por Darín. Lejos de hacer que el policial negro repose exclusivamente en la ambientación de la película o en estereotipos triviales, el género brilla en El secreto de sus ojos al aferrarse a un personaje derrotado, investigando un caso que lo enfrenta a su propia cobardía, y al imbricar este relato con la oscuridad de la Argentina en la década del setenta.

Para encarar este drama con sabor a policial negro, Campanella deja de lado cierto automatismo técnico propio de sus anteriores películas, plasmando una propuesta ambiciosa como pocas. La acción de esta película, ausente en los dramas anteriores, le permite soltarse, sorprendiendo con secuencias estupendas como la del estadio de fútbol, un ¿falso? plano secuencia que sorprende y mucho, no sólo dentro de la filmografía de Campanella sino dentro del cine argentino en su totalidad. Esta brillante secuencia solo es una de las tantas sorpresas visuales que Campanella nos prepara en esta producción. La principal es el juego que hace permanentemente con el fuera de foco, con lo que el espectador puede ver, y lo que no le es permitido.

Este juego se apoya en el otro término que aparece en el título, los ojos. La mirada es un aspecto esencial de esta película. La mirada delatora del sospechoso mientras es humillado por Irene, los ojos enamorados de Irene cada vez que mira a Benjamín (Soledad Villamil tiene los ojos más hermosos del cine argentino, y Campanella los sabe aprovechar muy bien), la mirada de Morales que intenta tranquilizar a Benjamín mientras lo insta a que deje de buscar la verdad, pero revela cierta ambigüedad, la mirada melancólica de Sandoval, el ayudante y amigo de Benjamín, que esconde una tristeza permanentemente ahogada en alcohol, sólo por mencionar algunos ejemplos.

Hasta El secreto de sus ojos, Campanella parecía apoyarse excesivamente en el elenco como el único bastión posible para sostener el equilibrio de su cine. En esta última demuestra la solidez actoral de siempre, pero le suma una confianza plena en una ambiciosa y precisa puesta en escena, un guión sumamente complejo, y en un sorprendente apoyo en determinados elementos que constituyen la esencia de la película: Los ojos y las puertas, las miradas que dicen más de lo que expresan, y las puertas que dividen lo público de lo privado (lo secreto), elementos que aquí poseen una cualidad simbólica completamente ajena a la cuadrada realización a la que Campanella nos tenía acostumbrados anteriormente. 

el-secreto-de-sus-ojos-2Algunos elementos más merecen ser destacados. Por un lado, la elección de Guillermo Francella en el papel de Sandoval. Francella, el actor cómico más importante del espectáculo argentino en la actualidad, se encuentra ante su primera labor netamente dramática en su carrera cinematográfica, signada por penosos protagónicos en comedias de cabotaje. Para aquellos que hayan visto las películas anteriores de Campanella está bastante claro que el rol de Francella es el mismo que habría abordado Eduardo Blanco, y podríamos decir que la elección de Blanco, que habitualmente se mueve con soltura entre la comedia y el drama, habría sido más funcional a la trama. Sin embargo, el haber convocado a Francella es uno de los mayores aciertos de la película, ya que su larga experiencia en la comedia le permite sumar un color distinto a su propio personaje y a la película. Francella le aporta un tono netamente tragicómico, que aliviana la pesadez del trasfondo político en el que se mueven estos personajes.

Otro aspecto destacable es la astucia en la adaptación literaria de la obra de Eduardo Sacheri. Podríamos decir que algunas diferencias de la película con la novela, terminan beneficiando a la película, algo muy extraño si tenemos en cuenta que el grueso de las adaptaciones se pierden en la mediocre ilustración de las palabras, incapaces de preguntarse nada relativo a lo que se narra en la obra original. Campanella se despega muy hábilmente de la obviedad de los años en los que sucede la acción de la novela, mucho más atados a circunstancias político-históricas concretas y contundentes, y se permite replantear el contexto en el que sucede la acción.

Así, la película consigue establecer una conexión directa del personaje de Javier Godino y la corrupción dentro de Tribunales, con el período de horror transcurrido luego de la muerte del tres veces presidente Juan Perón, con su viuda gobernando el país y la violenta acción oficial de la Alianza Anticomunista Argentina, el germen del terrorismo de estado que luego terminaría encarnándose en la última dictadura militar. Ese año y medio, desde julio de 1974 hasta marzo de 1976, a diferencia de la etapa de la dictadura, carece a la fecha del revisionismo histórico que merece, debido a la vinculación de este terrorismo de estado con la propia figura de Perón, por lo cual este audaz corrimiento de la acción del libro le aporta una dimensión histórica distinta y a la vez, necesaria.

Un elemento a destacar, y a revisar, es lo que se desprende en la resolución de la película desde el punto de vista discursivo. La idea de la justicia por mano propia no es un alegato ideológico en sí, la película no nos dice si está bien o mal lo que se cuenta, sino que este hecho está atado a la crítica política que hace al retratar una justicia completamente desintegrada, al servicio de un gobierno corrupto y violento.

Si hay un aspecto concreto a criticar de la película, es la necesidad constante de Campanella de apelar a diálogos ingeniosos, algunos de ellos que amenazan con aplastar la arriesgada apuesta visual y la acción del film, hasta desembocar en un diálogo cerca del final, donde extrañamente se ve obligado a exponer en palabras del personaje encarnado por Mariano Argento, el corrupto que asciende codeándose con el poder, la idea del terror que se avecina. En esa reafirmación de conceptos, Campanella muestra una particular desconfianza de la vinculación que se hace en toda la película con el contexto político, desconfianza innecesaria, que no demuestra en ningún otro pasaje de la película.

El secreto de sus ojos es un film importante, es una película grande, y una “gran” película, dos conceptos que no suelen ir de la mano. A diferencia de sus anteriores éxitos, en éste Campanella se permite jugar mucho más, con el guión, la cámara, los actores, la ambientación, y fundamentalmente, con el cruce de géneros y con la acción. El juego viene de la mano de las preguntas que la película permite establecer sin necesidad de apelar a respuestas inmediatas. A diferencia de sus obras previas, El secreto de sus ojos juega y pregunta, no es pura quietud y respuesta, todo está teñido de un gris que debe ser clarificado.

El último opus de Campanella no es solamente un film extraordinario desde su realización, sino que también es capaz de despertar un intenso debate luego de ser vista. Y eso último es lo que hace a una película, grande o chica, una obra realmente importante, una verdadera “gran” película.

Lo mejor de la película: Una apuesta fuerte desde lo visual, desde la adaptación del guión y desde su compleja lectura política, que obliga al debate después de verla. Con un elenco excepcional.

Lo peor de la película: Algunos diálogos pretendidamente ingeniosos, o que subrayan innecesariamente el vínculo de lo que se cuenta desde el relato policial y la historia de amor, con su contexto histórico.

el-secreto-de-sus-ojos-4

Dirección: Juan José Campanella.
Países:
 Argentina y España.
Año: 2009.
Género: Drama.
Elenco: Ricardo Darín (Benjamín), Soledad Villamil (Irene), Pablo Rago (Morales), Javier Godino, Guillermo Francella.
Guión: Eduardo Sacheri y Juan José Campanella; basado en la novela “La pregunta de sus ojos” de Eduardo Sacheri.
Producción: Gerardo Herrero.
Música: Federico Jusid.
Fotografía:
 Félix Monti.
Montaje: Juan José Campanella.
Dirección artística: Marcelo Pont.
Vestuario: Cecilia Monti.
Estreno en Argentina: 13 Agosto 2009.

juan-jose-campanella

Biofilmografía de Juan José Campanella

Juan José Campanella es un director de cine argentino nacido en Buenos Aires el 19 de julio de 1959. En 2006, adquirió además la nacionalidad española.

Campanella ha desarrollado parte de su carrera en Estados Unidos, trabajando en series como La ley y el orden (en inglés, Law and order), House MD y 30 Rock, entre otras.

Además de director también ha sido el guionista de sus tres películas más conocidas: El mismo amor, la misma lluvia, El hijo de la novia, y Luna de Avellaneda.

 

Filmografía

El secreto de sus ojos (2009)

Luna de Avellaneda (2004)

El hijo de la novia (2001)

El mismo amor, la misma lluvia (1999)

Ni el tiro del final (1997)

El niño que gritó puta (1991)

Victoria 392 (no estrenada comercialmente – 1982)

Prioridad nacional (mediometraje – 1979)