Estreno en España: 30 Enero 2009

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Sinopsis

Estamos en 1964, en la iglesia de San Nicolás, en el Bronx. El padre Flynn (Philip Seymour Hoffman), un brillante y carismático sacerdote, intenta desafíar las estrictas reglas que la hermana Aloysius Beauvier (Meryl Streep) lleva custodiando desde hace años con mano de hierro. Ella es la directora del colegio y cree ciegamente en el poder del miedo y la disciplina. Los cambios políticos están llegando a todos los estratos de la sociedad y la escuela acaba de aceptar a Donald Miller, su primer estudiante negro. Pero la hermana James (Amy Adams) hace saber a la hermana Aloysius que el padre Flynn está prestando una atención demasiado especial al muchacho. La hermana Aloysius se siente obligada a emprender una cruzada para averiguar la verdad y para expulsar a Flynn del colegio. A pesar de carecer de una sola prueba que confirme la sospecha, la hermana Aloysius se ve abocada a una lucha de poder con el padre Flynn.

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Crítica de Cine.com
por Leo Aquiba Senderovsky

Otra de las películas «importantes» de la temporada, por sus cinco nominaciones a los Oscar (Mejor Actriz Principal para Meryl Streep, Mejor Actor secundario para Phillip Seymour Hoffman, doble nominación en la categoría Mejor Actriz Secundaria para Amy Adams y Viola Davis, y Mejor Guión Adaptado). Esta lista de nominaciones define claramente las características del film. La prestigiosa obra teatral de John Patrick Shanley, que ha recorrido el mundo entero, da lugar a un fastuoso duelo interpretativo en su adaptación al cine (dirigida por el propio autor de la obra), en el que se destacan tanto los dos principales, Seymour Hoffman y Streep, sacándose chispas a cada momento, como las secundarias Amy Adams y Viola Davis. La película logra despertar esa duda que da título a la obra, tanto las circunstancias del relato, como la personalidad que despliega el personaje del padre Flynn (brillante Hoffman) hacen que uno lo juzgue o lo defienda según la escena. Sin embargo, con esta película ocurre lo que suele ocurrir en las adaptaciones de obras teatrales de estas características. Más allá de una puesta en escena acotada y de poco vuelo, el atarse a un concepto, en este caso el de la duda sobre el abuso o no del estudiante Donald Miller, que recorre toda la obra y la película, hace que explote todo el caudal interpretativo del elenco en pos de argumentar las dos posturas contrapuestas. Esto es lo que eleva las características de la obra, pero precisamente esa concentración en el concepto, más allá de su indeterminación (una opción totalmente válida para este planteo), es la que resiente la puesta en escena, esquematizando algunas de las aristas más complejas de la obra, como la postura de la madre ante el presunto abuso de su hijo. La escena más interesante de la película es la discusión entre la hermana Beauvier, quien quiere condenar al padre Flynn basándose en sus suposiciones, y la madre de Donald, quien parece confundir abuso con elección sexual, y defiende al sacerdote por ser el único que demuestra afecto por su hijo, quien vive siendo objeto de discriminación. Pese a que es la escena más interesante, porque se adentra en cuestiones más complejas que la duda central sobre los hechos, se queda en la superficie, y se ve afectada por no tener un corolario concreto en el resto de la película. Lo que en un guión original hubiese dado lugar a un mayor desarrollo, en la película de Shanley (quien cuenta con décadas de experiencia como guionista y dramaturgo), al ser él mismo el autor de la obra teatral, no consigue escapar al límite de la escena única, y este debate pierde fuerzas al limitarse a una sola escena, y quedar debajo del conflicto entre el padre Flynn y la hermana Beauvier, apenas una mayúscula disputa de egos, con la «duda» como concepto que define la contienda.

Lo mejor de la película: Las destacadas interpretaciones de los dos principales y las dos secundarias, y particularmente, la compleja escena en la que se enfrentan los personajes de Meryl Streep y Viola Davis.

Lo peor de la película: La esquemática puesta en escena, y que la fuerza de la escena entre Streep y Davis, quede en una única escena y no influya en el resto del desarrollo, o en la construcción del personaje del niño Donald.

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Dirección: John Patrick Shanley.
País:
USA.
Año: 2008.
Duración: 104 min.
Género: Drama.
Elenco: Meryl Streep (hermana Aloysius Beauvier), Philip Seymour Hoffman (padre Brendan Flynn), Amy Adams (hermana James), Viola Davis (Sra. Miller), Alice Drummond (hermana Verónica), Audrie Neenan (hermana Raymond), Susan Blommaert (Sra. Carson), Carrie Preston (Christine Hurley), John Costelloe (Warren Hurley), Lloyd Clay Brown (Jimmy Hurley).
Guión: John Patrick Shanley; basado en su obra.
Producción: Scott Rudin y Mark Roybal.
Música: Howard Shore.
Fotografía:
Roger Deakins.
Montaje: Dylan Tichenor.
Diseño de producción: David Gropman.
Vestuario: Ann Roth.
Estreno en USA: 12 Diciembre 2008.

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Filmografía de John Patrick Shanley (como guionista)

# Doubt (2008)

# The Red Coat (2006)

# Live from Baghdad (2002) (TV)

# Papillons de nuit (2002) (libro) (obra «Danny and the Deep Blue Sea»)

# Congo (1995)

# We’re Back! A Dinosaur’s Story (1993)

# Danny i Roberta (1993) (TV) (obra)

# Alive (1993)

# Joe Versus the Volcano (1990)

# The January Man (1989)

# Moonstruck (1987)

# Five Corners (1987)

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CÓMO SE HIZO «LA DUDA (DOUBT)»

1. El proyecto

  Desde los primeros momentos de DOUBT (LA DUDA) de John Patrick Shanley hasta su impactante conclusión, la incertidumbre se apodera de todo, arrastrando al público hacia un inquietante misterio en el que dos monjas, un sacerdote y la madre de un niño, y también los espectadores, se ven obligados a enfrentarse a sus creencias más profundas mientras luchan con la sentencia y el veredicto, la convicción y la duda. En la batalla de poder que se deriva, DOUBT (LA DUDA) formula complejas preguntas sobre los desafíos que plantea un mundo sometido a dramáticos cambios y a grandes dilemas morales. Fue la palabra «duda» la que llevó en un primero momento a Shanley a escribir lo que se convertiría en la obra de teatro más aclamada de la pasada década. Ahora ha adaptado la historia a la gran pantalla para llegar a un público más amplio y utilizar la fluidez del cine para sembrar nuevas incertidumbres. Cuando empezó a escribirla, Shanley recuerda un programa en el que un sinfín de expertos pertenecientes a todo el espectro político se peleaban en televisión. «Sentí que vivía en una sociedad muy segura de un montón de cosas. Todos tenían una opinión inamovible, pero no había intercambio de ideas. Si alguien se atrevía a decir: ‘No sé’, corría el riesgo de que lo arrojaran a los leones. En nuestra sociedad había una máscara de certidumbre tan dura que empezaba a agrietarse. Y las grietas era las dudas», explica Shanley. «Por eso decidí escribir una obra que aludiera a que no podemos estar totalmente seguros de nada. Quería explorar la idea de que la duda tiene una naturaleza infinita, que crece y cambia, mientras que la certeza es un camino sin salida. Cuando hay certeza, se acaba la conversación. Y a mí me interesan las conversaciones, sobre todo porque son sinónimo de vida. Tenemos que aprender a vivir con cierta incertidumbre. Ese es el silencio que se esconde debajo del parloteo de nuestro mundo».

  Para Shanley, el máximo desafío fue incorporar no sólo el tema sino también el mecanismo de la duda en el tejido de esta historia. Desentraña hechos y verdades que el público puede considerar claros desde fuera, pero les da la oportunidad a su manera esos cabos sueltos. A lo largo de la historia, la única norma inquebrantable de Shanley fue no llevar al público a ninguna conclusión individual. «Lo que era importante para mí», explica, «era que el sentimiento de duda tenía que venir del público. No les voy a decir lo que está bien o está mal. Simplemente quería hacerles pensar y sentir, más allá de decirles lo que debían pensar y sentir».

  Una vez que Shanley supo que quería escribir sobre la duda y la necesidad de hacer frente a los desafíos que plantean nuestras propias creencias, empezó a pensar en el marco para una historia como esa. «Quería aplicar mi forma de ver las cosas a una situación muy complicada y aparentemente sin solución posible», nos cuenta. Y añade: «Eso me llevó a un párroco acusado de aprovecharse de un miembro de su comunidad. No me interesaban especialmente los escándalos de la Iglesia, lo que quería era buscar una situación polarizada en la que la mayoría de la gente no dudaría en condenar a una persona, para luego presentar esos mismos al público bajo un prisma diferente».

  Una vez decidido que el trasfondo de la historia serían los principios y la compasión en una escuela religiosa, Shanley decidió mirar en su interior, volviendo a su propia infancia, que pasó en una escuela pública católica en un barrio irlandés católico de clase obrera del Bronx. «Yo conocía a esa gente», dice. «El personaje de la Hermana Aloysius está basada en monjas que yo conocí, y es alguien con quien me identifico… comparto con ella la tristeza de ver cómo han desaparecido tantas cosas, como el silencio o los bolígrafos de punta redonda, o los estudiantes leyendo a Platón».

  Al escarbar en sus recuerdos, Shanley situó el enfrentamiento entre la Hermana Aloysius y el Padre Flynn en el enrarecido ambiente de 1964, inmediatamente posterior al asesinato de Kennedy y en la cúspide de los movimientos por los derechos civiles de finales de los años 60. «Era un momento crucial de transición, en el que se pasó de una fe absoluta en las jerarquías y en el sistema a cuestionar todo ese sistema, como la religión organizada o el ejército», añade.

  Además, fue un periodo de cambios radicales en la Iglesia Católica. En 1962, el Concilio Vaticano Segundo convocado por Juan XXIII entrañaba una serie de grandes reformas cuyo objetivo era la modernización de la Iglesia para adaptarla a las necesidades de su tiempo. A mediados de los 60, el aspecto exterior de la Iglesia ya había cambiado; las monjas no estaban obligadas a vestir el hábito y se habían suprimido muchas formalidades entre los sacerdotes y sus feligreses.

  «Quería captar algo de ese momento perdido», dice Shanley. «Paseando por el Bronx en 1964 se veían monjas vestidas con hábitos y tocas, pero no sabíamos que en pocos años, ya no los llevarían y que esa época habría terminado para siempre. Además, creo que el Padre Flynn es en gran parte un producto de principios de los 60 al poner en cuestión las instituciones vigentes, a pesar de que él mismo trabaja dentro de ese sistema. Él quiere que sus ideas sobre cómo debe ser la Iglesia sean viables en un mundo en constante cambio».

  El asunto de la raza se incluyó en la historia a través del personaje de Donald Miller, el niño negro cuya inusual amistad con el Padre Flynn espolea la cruzada de la Hermana Aloysius. Shanley tiene recuerdos vívidos de ir al colegio y tener sólo un compañero negro en los primeros momentos de la integración escolar, unos tiempos de enorme tensión. «Cuando sólo hay un estudiante negro en el colegio, te fijas mucho en él y te preguntas qué siente. Eso me llevó a analizar mi contexto social y a mí mismo de una forma mucho más compleja. Empecé a formularme preguntas de mucho más calado», comenta.

  Durante todo el proceso, Shanley evitó tomar partido por ninguno de sus dos personajes y admite que se identifica tanto con aspectos del Padre Flynn como de la Hermana Aloysius. «Tengo tendencia a estar de acuerdo con mis personajes cuando estos hablan», confiesa. «Pero esa es mi forma de ver la vida. Los seres humanos son contradictorios, paradójicos y misteriosos, y lo seguirán siendo».

  Todo esto lleva al momento crucial de la historia, cuando la Hermana Aloysius admite finalmente que ella misma tiene, por primera vez, dudas. Su certeza e incluso la empatía por Donald Miller, su madre, otros estudiantes y la Hermana James se han visto erosionadas por un sentimiento de compasión cada vez más intenso. Se enfrenta a una comunidad que duda, y así empieza a humanizarse y cambiar. El público tendrá que llegar a sus propias conclusiones teniendo en cuenta sus creencias y emociones. Esto era esencial para la visión de Shanley de Doubt (La Duda). Afirma: «Durante más de cien años, los realizadores se han acostumbrado a plantear una pregunta y al final de la película, a responderla. En Doubt (La Duda), no quería que el público obtuviera una respuesta sino que pensase: ‘Qué buena pregunta’. De esa forma, la historia pasa a pertenecer al público.

  La obra de Shanley, que se estrenó en el off-Broadway en el otoño de 2004, llegó a los teatros de Broadway gracias a la avalancha de buenas críticas. Se estrenó en el Walter Kerr Theater en 2005 y se mantuvo en cartel durante 25 preestrenos y 525 representaciones, a las que siguió una prolongada gira nacional y numerosas producciones internacionales.

  En los inicios del éxito internacional de la obra, Shanley empezó a creer que Doubt (La Duda), con su capacidad para provocar y emocionar al público de todo el mundo, podría tener el mismo efecto en los espectadores de cine. Shanley llevaba dos décadas escribiendo guiones, y había ganado un Oscar® por el guión de la comedia romántica «Moonstruck (Hechizo de luna)». Pero según dice él mismo, adaptar Doubt (La Duda) iba a ser el reto más difícil de su carrera de guionista. Tendría que revisar totalmente su obra para que se convirtiera en una criatura completamente diferente en la pantalla: más visceral, dinámica y que reflejara la trepidante actividad de los barrios obreros de Nueva York en los años 60.

  «Esta historia comenzó con los recuerdos de mi juventud en el Bronx, que se pasaron a convertirse en una obra teatral. Utilicé el escenario y todos los materiales que tenía por contar la historia de esa manera. Ahora, como película, la historia tiene un carácter totalmente distinto», añade Shanley. «La exactitud que exige el cine, como estar al aire libre, los edificios de verdad o todas las cosas reales que te rodean, aportan a la historia un realismo que sirve a los actores a alcanzar un nivel diferente de interpretación. El teatro es muy organizado y la vida real es desorganizada, así que parte del proceso consistía en hacer pedazos la historia anterior y hacerla más parecida a los recuerdos originales».

  Cuando la obra se representó por primera vez en Broadway, Shanley se dio cuenta de que cuanta más gente veía «Doubt (La Duda)», más intensas eran las reacciones. «Era extraño, pero las reacciones tan diferentes que el público mostraba cada noche, creaban una especie de poder común», recuerda Shanley. «Daba la impresión de que mucha gente se daba cuenta de que necesitaban hablar sobre el tema de la certeza y sus consecuencias. Fue entonces cuando me di cuenta de que quería llevar la obra al cine».

  A medida que empezó a adaptar la obra, observó que al traspasar la historia a la gran pantalla tenía la posibilidad de explorar elementos que no podían abordarse en el teatro: la vida de las monjas y los niños en el colegio o el mundo fuera de él, en un barrio del Bronx a punto de vivir cambios importantes. Shanley declara: «Quería transmitir un sentimiento verdadero de comunidad porque sabía que si pasábamos tiempo con esas familias y sus hijos, empezaríamos a comprender que lo que ocurre dentro de la Iglesia tiene consecuencias fuera de ella. En el fondo, creo que las consecuencias del conflicto entre Flynn y Aloysius adquieren un mayor impacto emocional porque vemos y sabemos quien está pagando los platos rotos de su enfrentamiento. La película me permitió adentrarme en ese aspecto de la historia que no podía tratar en la obra pero que siempre había querido abordar.

  Para Shanley también fue importante captar visualmente la religiosidad de las monjas, su devoción espiritual. Sus vidas eran realmente misteriosas y a menudo incomprendidas para los que están fuera de su mundo. «Gracias a la película tuve la oportunidad de dar a conocer el mundo en el que viven las monjas; la tradición y belleza de su mundo. En realidad, me serví del silencio que impregna sus vidas para darle una estructura a la película. Nos recuerda, que en nuestro ruidoso mundo el silencio y la tranquilidad tienen un profundo significado».

  «Esos silencios también contribuyen al dramatismo de la película. El público tiene tiempo para reflexionar sobre lo que se ha dicho, y para centrarse en las palabras que eligen los personajes para comunicarse. Por ejemplo, Flynn es plenamente consciente del impacto de sus palabras. Da sermones a su congregación cada semana y utiliza esos momentos para promover el cambio, el crecimiento y la apertura en la comunidad. La precisión de sus precisas y su medida expresividad durante los sermones están cargados de significado. Mientras los feligreses se sentaban en silencio, escuchando, yo podía mostrar al público cómo sus palabras afectan a otros personajes, además de proporcionar espacio para meditar sobre lo que está sucediendo en sus corazones y en sus mentes».

  La adaptación planteaba un problema específico: tenía que transmitir un sentido de energía y urgencia y sacar a la superficie los temas que estaban más profundamente enterrados. «Flynn y Aloysius son personas dinámicas, astutas y comunicativas, y no tienen miedo a utilizar sus palabras como armas. Gran parte del dramatismo de esta historia reside en el diálogo, especialmente en el enfrentamiento entre Flynn y Aloysius. Necesitaba encontrar la forma de que eso funcionara en la pantalla», añade Shanley. «Al principio escribí la mitad del borrador y lo acabé tirando porque me parecía que no reflejaba la verdadera historia y por un momento caí en la desesperación».

  Entonces ocurrió algo inesperado. Sucedió cuando Shanley se encontraba escribiendo la escena en la que el Padre Flynn da un aburrido sermón sobre una mujer a la que un sacerdote ha enseñado a recoger plumas de almohada esparcidas por un tejado. «En lugar de limitarme a hacer hablar al Padre Flynn, lo cambié por unas imágenes de la historia que estaba contando, de forma que podías ver las plumas flotando, y eso me resultó muy liberador», explica Shanley. «Empecé a escribir el resto del guión con ese tipo de amplitud mental. Me ayudó a no obsesionarme con las palabras de los personajes y a centrarme en la realidad física en la que viven. En una película puedes explorar la relación entre humanidad y mundo natural, el medio en el que nos movemos. Así, cosas como una bombilla apagándose o las persianas cerrándose, o una servilleta flotando movida por una brisa comenzaron a tener un significado para mí y los personajes en la adaptación cinematográfica. Una vez que comprendí que había otra dimensión, recuperé la esperanza».

  «La otra gran revelación que tuve», continúa Shanley, «para escribir el guión y también para dirigir la película, fue que era capaz de utilizar las convenciones de un género, el misterio en este caso, para impulsar la narración.» La película empieza con una sencilla pregunta: ¿Lo hizo o no lo hizo? Y aunque nunca perdí de vista esa pregunta, supe desde el momento en que empecé a escribir el guión que no la respondería al final, algo que traiciona las convenciones del género. Es cierto que resultaba muy difícil estructurar la película basándola en el misterio y el suspenso, pero sentí un inesperado alivio al asumir que no estaba obligado a hacer un final concluyente. El público debería decidir por sí mismo el final que quería. Eso me proporcionó una enorme satisfacción como cineasta».

  Shanley escribió gran parte del guión con la cámara en mente, añadiendo muchos detalles visuales a la adaptación. «Una de las cosas que quería hacer en la película era construir una gran entrada visual para la Hermana Aloysius para que el público comprendiese enseguida la batalla que se estaba librando. De esa forma se puede ver a los dos rivales juntos desde los primeros momentos y comprendes inmediatamente que ella cree estar al mismo nivel que el sacerdote», comenta.

  Una de las muchas escenas nuevas que Shanley añadió a la película se produce después del clímax de la historia con un tercer sermón de despedida del Padre Flynn. «En una película, buscas ese momento clave que cierra el círculo y te devuelve a donde todo empezó. Así que vuelves a estar en la catedral con el Padre Flynn que está dando su sermón, esta vez de despedida, y ves que el paisaje ha cambiado para todo el mundo», explica, «puedes sacar tus propias conclusiones sobre lo que ha sucedido a cada uno de los personajes de la historia».

  Cuando terminó el guión, Shanley estaba entusiasmado con la idea de regresar al universo de su infancia para rodar, y de contar en la producción con las monjas y vecinos con los que se creció. «No sólo volvimos a los lugares», nos cuenta Shanley, «también contamos con la misma gente. Algunos niños de los que conocí cuando era joven hacen papeles de padres de la congregación en la película y fue muy especial».

  Al principio, Shanley había dedicado la obra a la obra a las Hermanas de la Caridad, la orden que regía en St. Anthony’s, la escuela del Bronx a la que el asistió y en la que se basa San Nicolás. Quiso que ambas fueran una parte significativa de la película. En total contradicción con el retrato estereotipado del joven católico rebelde que vive atemorizado por las monjas, Shanley conserva un gran afecto y una profunda admiración por sus profesoras del colegio. «De hecho, he tenido una experiencia formativa estupenda con las monjas que he conocido», dice, «y quería manifestar mi respeto por ellas y por su dedicación desinteresada a las personas que necesitan su ayuda, especialmente los niños».

  Una monja especialmente importante en el rodaje fue la Hermana Mary Margaret McEntee, también conocida como Hermana Peggy, que fue profesora de Shanley en St. Anthony’s cuando estaba en primero curso. Entonces ella era una joven de 21 años en su primer año como enseñante. La Hermana Peggy dejó una fuerte impresión en el joven Shanley más tarde se inspiraría en ella para crear a la Hermana James. Así que fue un privilegio contar con ella como asesora. «Es una persona muy culta y además tiene una enorme fuerza vital. Fue una gran aportación para el rodaje», cuenta Shanley. «Ella nos ayudó a enseñar a Meryl a rezar el Rosario, o a llevar el velo. Las Hermanas de la Caridad nos ayudaron muchísimo. Son un grupo de gente peculiar y extraordinario».

  La Hermana Peggy trabajó junto a Streep, Adams y Hoffman, respondiendo a preguntas sobre el atuendo, el ritual o las tradiciones, y lo que es más importante, poniendo a disposición de los actores y miembros del equipo sus recuerdos y su espiritualidad. Fue una fuente de inspiración para todos ellos». Compartió generosamente sus experiencias como profesora en St. Anthony’s con los realizadores. «Disfruté muchísimo enseñando en ese colegio», recuerda. «Todo era muy uniforme y rígido, pero también era muy tranquilo».

  Sus recuerdos sobre los cambios que vivió la Iglesia a principios de los 60 ayudaron a todos a comprender mejor el ambiente explosivo del ficticio St. Nicholas. Dos generaciones peleando sobre la mejor forma de inculcar los valores y la fe en los niños en una época de gran agitación social y religiosa.

  «Siempre supe que Juan XXIII había tenido una visión maravillosa», añade la Hermana Peggy. «Él quería abrir las ventanas y dejar que el aire fresco entrara en la Iglesia. Pero una vez abiertas, era muy difícil cerrarlas. Mucha gente tiene sentimientos contradictorios sobre ese tema. Algunos estaban de acuerdo con los cambios y otros querían conservar las costumbres y se negaban a cambiar. Creo que algunos de los cambios más importantes se referían a la liturgia, a nuestra forma de adorar a Dios. El sacerdote ya no tenía que estar de espaldas a la gente; se dio la vuelta y miraba de frente a los feligreses. El altar perdió importancia. Y había más participación de los seglares. Creo que el mensaje del Vaticano II fue una bella invitación a ser más acogedores, y a veces olvidamos eso».

  La Hermana Peggy también recuerda a algunos jóvenes sacerdotes emergiendo con un nuevo punto de vista en los años 60. «Conocí a muchos sacerdotes jóvenes que recogieron la bandera del cambio. Se abrieron a los demás, como le ocurre al personaje del Padre Flynn», comenta.

  La Hermana Peggy se niega a tomar partido por la Hermana Aloysius, aterradora y absolutista, o por la Hermana James, bondadosa y abierta de mente, a pesar de lo cercana que se pueda sentir de ésta última. «Creo que ambas son honestas consigo mismas, con la forma en que fueron educadas y con lo que les había dado la vida», observa. «La formación de la hermana James se produjo en los inicios del Vaticano II, cuando la Iglesia estaba más cerca de la gente y se mostraba menos autoritaria. La Hermana Aloysius se formó mucho antes, cuando la Iglesia era más estricta e intransigente en sus normas y reglas. Personalmente, prefiero a la hermana Aloysius. Creo que se debe a mi experiencia real como Hermana James. Es muy estricta pero también es profundamente bondadosa. Siente que su responsabilidad principal es proteger a los estudiantes y estar alerta ante cualquier amenaza que pueda suceder».

  Por último, la Hermana Peggy termina reconociendo el orgullo que siente por todas lo que ha logrado John Patrick Shanley. «Yo le enseñé a leer y escribir», cuenta, «así que estoy muy contenta de ver cómo uno de mis estudiantes maneja tan bien el lenguaje».