Estreno en España: 20 Febrero 2009

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Sinopsis

La trama de «El luchador (The wrestler)» nos narra la agonía profesional de Randy Robinson (Mickey Rourke), un luchador que en los años 80 había estado en la cumbre de la lucha libre profesional pero que ahora, 20 años después, sobrevive con exhibiciones en gimnasios de institutos y en cuadriláteros de tercera categoría. Olvidado por su hija (Evan Rachel Wood) e incapaz de mantener ninguna relación, Randy sólo vive gracias a la emoción del show y el apoyo de sus fans, pero un ataque al corazón le obliga a retirarse. Entonces, decide poner orden en su vida. Intenta acercarse a la hija que abandonó, a la vez que trata de superar su soledad con el amor hacia una stripper (Marisa Tomei).

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Crítica de Cine.com
por Leo Aquiba Senderovsky

Mickey Rourke se quedó sin el Oscar que todos aseguraban que iba a ganar. Curioso, si Rourke lo hubiese ganado, habría sido la ironía más grande de la última entrega. En torno a El luchador se montó una fastuosa campaña publicitaria que basaba toda la fuerza del film en el «regreso con gloria» (como a Hollywood le gusta titular) de Rourke. Por un lado, esto no es tan así como se ha afirmado, ya que Rourke se habrá alejado de las luces (producto de su derrumbe personal y sus adicciones, y de una industria que lo desechó en vez de tenderle la mano), pero jamás se alejó del cine, y viene de encarnar fabulosamente a Marv en Sin City, un personaje que aprovechó sus sucesivas y deformantes cirugías en el rostro, para una caracterización bestial. Por otro lado, la dependencia de El luchador del regreso de Rourke está plenamente justificada, ya que sin Rourke no habría película. El luchador es otra de las historias de redención que suele cocinar el cine americano, con muchos puntos en común con otros films del mismo calibre, como Rocky. Solo la figura de Rourke llena de sentido la película, es su errática posición en el mundo de Hollywood, su absurdo rostro y cuerpo, víctima de un pasado terrible y de su desesperado y ridículo intento de congelar el tiempo, el que porta las apretadas calzas y el largo y mal teñido cabello de Randy «The Ram» Robinson. Ni siquiera sobresale la prolija puesta en escena de Darren Aronofsky, aquí sin sus habituales manierismos y sus complejos entramados visuales. Además de la «redención» del propio Rourke que todos insisten (con razón) en proclamar, también es la anecdótica «redención» de un director que viene de su proyecto más ambicioso, y a la vez el peor fracaso de su corta carrera, La fuente de la vida. Para regresar al ruedo, Aronofsky ha decidido ocultarse completamente detrás de la figura de Rourke y su tosco Randy. Con este personaje y su entorno, han construido un relato que no deja muy bien parada a la industria americana, de ahí lo irónico que hubiese sido si Rourke se hubiese llevado el Oscar. No es difícil pensar que, si no podría haber otro Randy mejor que Rourke, porque Randy es Rourke, con todas sus luces, sus sombras y su intento de salir de una vida autodestructiva, lo mismo ocurre con lo que lo rodea. De esa manera, el ridículo circo de la lucha libre, con los estrambóticos vestuarios, y los golpes absolutamente coreografiados, no es otra cosa que Hollywood mismo. Un Hollywood que carcome y fagocita sin piedad a algunas de sus estrellas, que a pesar del dolor que les causa ese mundo, insisten en regresar, como Randy al ring que lo vio brillar. Lo más interesante de El luchador, además del propio Rourke que da sentido a toda la película, es la manera en que la cámara de Aronofsky se inmiscuye en el detrás de bambalinas del ring, con los luchadores planeando todos sus movimientos, para brindarle un poderoso espectáculo al público. Rourke y Randy son naturalmente ridículos, pero también naturalmente descomunales, y su naturaleza se basa en el más puro entretenimiento. Ese entretenimiento que a veces oculta las peores miserias de la maquinaria que lo proporciona. A Rourke no le dieron su merecido Oscar, y aunque no se cumplió el irónico pronóstico, lo que brilló en aquel instante, más que el traje blanco de Rourke sentado en la platea, fueron las palabras de otro «enfant terrible» de los ochenta, Sean Penn, quien le ganó como mejor actor, obteniendo su segundo Oscar. Sean Penn le dedicó el premio al resurgimiento de su «hermano» Mickey Rourke. En medio de la hipocresía habitual, primó la honestidad y sinceridad más pura de dos actores descomunales. Tan pura como la relación de Randy y su amiga, la prostituta Cassidy. Algunas cosas valen más que los premios, y eso lo saben bien los dos niños más rebeldes del Hollywood de los ochenta, dos actores más grandes que la gran industria.

Lo mejor de la película: Un Mickey Rourke tan desproporcionado como su personaje, que aprovecha la historia del luchador, para narrar su regreso y su crítica explícita a la industria que lo devoró durante años.

Lo peor de la película: Que sin la presencia de Rourke, no habría razón para contar esa historia, ya contada en muchas otras oportunidades.

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Dirección: Darren Aronofsky.
País:
USA.
Año: 2008.
Duración: 105 min.
Género: Drama.
Elenco: Mickey Rourke (Randy Robinson), Marisa Tomei (Cassidy), Evan Rachel Wood (Stephanie Robinson), Mark Margolis (Lenny), Todd Barry (Wayne), Ernest Miller («El Ayatollah»), Judah Friedlander (Scott).
Guión: Robert Siegel.
Producción: Darren Aronofsky y Scott Franklin.
Música: Clint Mansell.
Fotografía:
Maryse Alberti.
Montaje: Andrew Weisblum.
Diseño de producción: Tim Grimes.
Vestuario: Amy Westcott.
Estreno en USA: 17 Diciembre 2008.

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Biofilmografía de Darren Aronofsky

Darren Aronofsky es un director de cine estadounidense nacido el 12 de febrero de 1969 en Brooklyn, Nueva York.

El debut de Aronofsky como director de largometrajes se remonta al año 1998, fecha en la que se estrenó la película Pi, fe en el caos (Pi). Esta cinta narra la vida de un brillante matemático (Max) que está obsesionado con la idea de que, pese al aparente caos que rige el universo, existe un sistema numérico capaz de prever y controlar todo cuanto sucede en él. Centrándose para ello en el estudio del mercado bursátil, Max cada vez se acercará más a desentrañar el misterio que se oculta tras esa fórmula matemática que aparentemente controla todo, y que le lleva inexorablemente al número Pi. Ansiosos por hacerse con el increíble descubrimiento que Max está a punto de revelar, una agresiva firma de Wall Street y una secta judía le acosarán para hacerse con tan preciado botín.

Cabe destacar que la fotografía de este thriller matemático fue en blanco y negro, y que el compositor de la banda sonora de la misma fue su gran amigo Clint Mansell, colaborador habitual de Aronofsky en el resto de sus películas. El filme apenas costó 60.000 dólares, por lo que el mérito de la película es aún mayor.

La cinta logró un gran éxito de crítica y público, y obtuvo varios galardones, entre los cuales destaca el del Festival de Sundance, que reconoció a Aronofsky como Mejor Director en 1998.

La película que siguió a Pi, fe en el caos, fue nada menos que Réquiem por un sueño (Requiem for a dream), estrenada en el año 2000. Basada en la novela de Hubert Selby Jr (quién también desempeña las labores de guionista), la película se centra en el mundo de las drogas (y otras adicciones) y en las devastadoras consecuencias que tienen éstas en un grupo de personas. Este segundo trabajo del director neoyorkino fue aclamado mundialmente por crítica y público y se convirtió instantáneamente en un clásico de culto. Su enorme poder visual, unido a una banda sonora hipnótica (obra también de Clint Mansell, cuyo tema Lux Aeterna ha sido remezclado y utilizado en decenas de trailers cinematográficos posteriores) y a unas interpretaciones sobresalientes (Ellen Burstyn estuvo nominada al Oscar y al Globo de Oro a la mejor actriz por su trabajo en este filme) dieron como resultado este exitoso segundo trabajo de realizador de Brooklyn.

La película se hizo con numerosos premios, entre ellos la Espiga de Oro del Festival de Valladolid.

La siguiente película de Aronofsky no vería la luz hasta más de un lustro después, en el año 2006, fecha del estreno de La fuente de la vida (The fountain). Con un presupuesto millonario, y teniendo a sus órdenes a actores de la talla de Hugh Jackman, Rachel Weisz y Ellen Burstyn (de nuevo), Aronofsky nos lleva por el viaje que emprende un hombre a través de los siglos con el objetivo de encontrar el árbol de la vida, que según la leyenda, otorga la vida eterna a quién bebe de su savia. Su fin último será salvar la vida de su enferma esposa.

La película pasó con más pena que gloria por la taquilla mundial, y esta vez no pudo contentar completamente a todo el mundo. El filme produjo una enorme división de opiniones tanto en la crítica especializada como en el público, yendo desde los que la criticaron duramente, hasta los que la encumbraron como una de las grandes obras cinematográficas de los últimos tiempos.

En cualquier caso, cabe reseñar la nominación de Clint Mansell (de nuevo a cargo de la banda sonora) a los Globos de Oro por su partitura, o la de Darren Aronofsky al León de Oro en el Festival de Venecia, entre otras.

En el año 2008 presentó The Wrestler, su cuarto largometraje que obtuvo el León de Oro del Festival de Venecia. La película está protagonizada por Mickey Rourke y Marisa Tomei, y narra la vida Randy Robinson, un antiguo campeón de lucha libre que se encuentra en el ocaso de su vida profesional. La crítica considero la película de Aronosky la mejor del festival y una de las mejores del director.

Aparte de realizar estos largos, Darren Aronofsky también es el autor de cortos como Supermarket Sweep (1991), Fortune Cookie (1991) y Protozoa (1993).

Filmografía

* Pi: Fe en el caos (1998)

* Réquiem por un sueño (2000)

* La fuente de la vida (2006)

* The Wrestler (2008)

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CÓMO SE HIZO «EL LUCHADOR (THE WRESTLER)»

1. El proyecto

  Pese a integrar una buena parte de la cultura norteamericana desde hace décadas con su insólita mezcla de comedia, patetismo, y crudo realismo, nadie ha realizado nunca un film serio sobre la lucha profesional. Eso es algo que Darren Aronofsky ha querido cambiar desde que comenzó a hacer películas. Sus primeros tres largometrajes como director, cada uno de ellos objeto de gran reconocimiento, le llevó en direcciones enormemente divergentes. Su debut, Pi, fe en el caos (Pi, 1998), un thriller sobre un matemático que busca un número que podría cambiar el mundo, le significó el premio al mejor director en el Festival de cine de Sundance además de un premio Independent Spirit al inventivo guión también de Aronofsky, en que por otro lado se habla de la búsqueda de conocimiento, poder y de Dios. A continuación, dirigió el mordaz drama Requiem por un sueño (Requiem for a Dream, 2000), basado en la novela de Hubert Selby, que resultó nominado a los Oscars, acerca de cuatro personas cuyas vidas se van al traste por adicción a las drogas. Tras este título, realizó la muy estilizada fantasía de ciencia-ficción La fuente de la vida (The Fountain, 2006), una historia épica de amor y mortalidad que se expande a lo largo de más de 1000 años. Ahora, con EL Luchador (The Wrestler), emprende un nuevo rumbo con este drama descarnado, áspero, directo, e intensamente emotivo. Aunque Aronofsky no ha sido nunca un fanático de la lucha libre, sí recuerda haber ido de niño a ver el enfrentamiento entre Hulk Hogan y Tony Atla en el Madison Square Garden. Desde entonces, siempre le ha intrigado la cuestión de cómo debía ser realmente vivir en ese mundo. «La idea de realizar una película acerca de un luchador llevaba dando vueltas en mi cabeza desde hacía seis o siete años» —explica Aronofsky—. «Comencé a desarrollar algunas ideas con el productor Scott Franklin [quien también había producido Pi y Réquiem por un sueño], de quien descubrí que de pequeño era mucho más aficionado a la lucha libre de lo que yo era y sabía algo sobre el tema. Y cuanto más indagábamos en aquel mundo, más interesante se iba mostrando. Más tarde conocí al gran escritor Robert Siegel, que fue el editor de The Onion, y le hablé de la idea, que pilló al instante. Los tres empleamos los tres siguientes años desarrollando juntos la historia que se ha convertido en la película resultante».

  Así se creó el personaje de Randy «el Carnero» Robinson, un hombre atrapado en una cultura donde la disponibilidad de héroes populares es algo que todo el mundo acepta como verdad absoluta. Uno obtiene sus quince minutos de fama y entonces, antes de que te des cuenta, la gente se gira para vitorear a alguien más joven, más fuerte, más llamativo, e incluso más loco que tu. Sin embargo, el deseo de ser amado, de ser adorado, de ser el vencedor mítico, aunque sea por esos pocos excitantes minutos que has estado en el escenario, jamás se va ya. En el caso de Randy, lo que le empuja adelante con la mayor de las intensidades es recuperar esa sensación heroica, con el único combustible de una absoluta fuerza de voluntad, puesto que su cuerpo hace tiempo que dejó su mejor momento.

  El guión resultante de Siegel era, superficialmente, la fábula arquetípica de un héroe del deporte pisoteado en busca de un último triunfo, pero por debajo, en lo más esencial de la historia, está una dura y escabrosa parábola a lo Hemingway acerca de la lucha por el honor, la dignidad y el amor entre hombres y mujeres en el lado de la vida más despiadado.

  EL Luchador (The Wrestler) tiene elementos de film deportivo, pero siempre la he entendido como un drama humano, mucho más en la línea del retrato íntimo de una vida» —comenta Aronofsky—. «No hace falta ser un seguidor de la lucha libre para disfrutar el film. Habla de una persona cualquiera que un buen día se despierta y se da cuenta de que ya no puede hacer lo que llevaba haciendo habitualmente, las cosas que le importaban. Se trata de ese momento en la vida que mucha gente afronta.»

  Desde el principio, Aronofsky también entendió la historia con algo de humor. Desde la extravagancia de unos personajes excesivos y unas técnicas creativamente chocantes, en el ámbito de la lucha libre, hasta la actitud irreverente del mismísimo Randy, particularmente cuando asume un puesto de trabajo tras el mostrador de una tienda de delicatessen para poder llegar a fin de mes, todo ello era una ocasión que aprovechar por parte del director para apuntar a otra dirección distinta, donde explorar no sólo los placeres cómicos de la lucha libre sino las extrañas y oscuras absurdidades de la vida corriente.

  A medida que la historia evolucionaba y el equipo penetraba en el mundo secreto de la lucha libre profesional, al mismo tiempo también se iba hacienda claro que la lucha libre en sí misma, con su centro de atención en la vulnerabilidad y resistencia de los cuerpos, en el sufrimiento in extremis, en la representación del bien contra el mal, era un agitado escenario metafórico para la historia de un hombre tremendamente desesperado a nivel personal.

  Aronofsky, Siegel y Franklin no estaban interesados en abordar una aproximación académica sino humanística, centrándose en un luchador y reduciéndolo al sentimiento universal de anhelo y supervivencia que reside dentro de todos nosotros. Pero para realizar eso, eran conscientes de que primero debían sumergirse ellos mismos en el mundo actual de la lucha libre para observar cómo un hombre absorbido plenamente por el mismo lo experimentaría, particularmente un profesional en las postrimerías de una carrera moderadamente ilustre que ya no le es posible mantener. Así las cosas, se inició para el equipo un intenso periodo de investigación.

  «Nos encontramos con muchos antiguos profesionales de la lucha libre y asistimos a muchos eventos de lucha libre independiente» —recuerda Franklin—. «Y observamos que todos esos tipos mantienen una auténtica camaradería, una hermandad y un código por los que regirse. Incluso antiguas estrellas de grandes federaciones nos explicarían historias de cómo, en la carretera, recogían a cuatro gigantes en un coche, compartían el dinero de la gasolina y las habitaciones de hotel, donde esos gigantes pernoctaban en el suelo. Es un mundo distinto a aquel glamosoro que vemos en la televisión, y muy unido».

  El trío experimentó verdadera curiosidad por el lenguaje secreto y el código de honor de los luchadores. «Usan un lenguaje parecido al de los feriantes; por ejemplo, hablan del público como ‘marks,’ (admiradores incondicionales que granjearse) destaca Aronofsky. Muchos términos de lucha libre, como ‘técnico’ [face o clean] o ‘rudo,’ [heel] que respectivamente se refieren al tipo bueno y al villano en un combate, se introdujeron en la confección del guión.

  Franklin añade: «Su modo de comunicarse sólo es una parte de su camaradería y del modo que tienen de protegerse mutuamente. En el ring, de modo distinto a cualquier otro deporte, procuran siempre cuidar a sus oponentes y de inflingirse la mayor parte del daño en ellos mismos, lo que quisimos mostrar en la pantalla.»

  Acaso el mayor desafío consistía sencillamente en ganarse la confianza de un mundo tan celosamente guardado. «El mundo de la lucha libre se protege mucho ante los que pretendan entrar» —subraya Franklin—. «En un primer momento, muchos luchadores se mostraban muy fríos y distantes, con la mirada clavada en nosotros, atentos a cuanto estábamos tratando de hacer. Tuvimos que convencerles de que en modo alguno queríamos aprovecharnos de ellos, sino que todo cuanto queríamos era crear un honesto trozo de vida enmarcado en el escenario del mundo de la lucha libre.»

  Finalmente, eso es exactamente lo que el equipo de filmación fue capaz de hacer. Sin embargo, cuando comenzaron a formar el reparto, las cosas giraron hacia una emocionante dirección de mayor envergadura que cambió de arriba abajo todo cuanto el equipo había pensado acerca de Randy «el Carnero» Robinson.

  «Cuando Mickey Rourke subió a bordo del proyecto, cambió el personaje completamente para llevarlo a su propio terreno» —explica Aronofsky—. «Abordó al personaje y le insufló en el interior su propia vida».