Estreno en España: 25 Julio 2008

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Sinopsis

«Líbranos del mal» es la historia del padre Oliver O’Grady, el más célebre pedófilo en la historia de la Iglesia Católica moderna. Depredador sexual compulsivo e inmisericorde, O’Grady usó su encanto y autoridad como líder religioso para violar a decenas de niños a través de California del norte, tanto física como espiritualmente, a lo largo de veinte años. Sus víctimas iban desde un niño de nueve meses a la madre de mediana edad de otra víctima adolescente. Pese a los tempranos indicios y quejas de varias parroquias, la Iglesia, mediante un sofisticado mecanismo protector, decidió esquivar responsabilidades y desviar la crítica. Mintió a los parroquianos y a la justicia local, mientras trasladaba a O’Grady de parroquia en parroquia. Sin embargo, documentos internos de la Iglesia demuestran que desde 1973, O’Grady violó y sodomizó con pleno conocimiento de ello por parte de sus superiores en la Iglesia Católica.

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Crítica de Cine.com
por
Leo Aquiba Senderovsky

Se han realizado innumerables documentales y películas de ficción sobre el abuso de menores, particularmente de casos perpetrados por miembros de la Iglesia. Sin embargo, pese a la convencionalidad de la propuesta visual de Líbranos del mal, difícilmente existan muchas películas sobre este tema, más complejas y aterradoras que este excelente documental. Líbranos del mal puede dividirse temáticamente en dos partes entremezcladas, una correspondiente al caso concreto del padre O’Grady, y otra que analiza el papel de la Iglesia católica con respecto a los abusos cometidos dentro de la institución. Dos elementos hacen trascender este documental, por un lado la terrorífica presencia de O’Grady en la película, y por otro, las apabullantes cifras que la Iglesia no puede ocultar. Amy Berg nos acerca los testimonios de víctimas del perverso sacerdote, pero posee a su vez algo pocas veces visto, el estupendo retrato del abusador. O’Grady, famoso por dejar un tendal de víctimas en cada pueblo donde oficiaba, desde comienzos de los setenta hasta, por lo menos, mitad de los ochenta, decide prestar su testimonio para este documental, y Berg lo convierte en protagonista casi absoluto, comenzando desde un acercamiento que tarda en descubrir su figura, hasta desnudar todo su cinismo, y dejarnos azorados con su «cara de bueno» y su terrible y descarnada sinceridad a la hora de confesar sus crímenes y pecados. Más interesante aún es que este retrato no parece agotarse, y que cada uno de sus movimientos, cada palabra en su testimonio, despierta más y más horror, hasta llegar a su intento frustrado de reunir a todas sus víctimas para pedirles perdón y «permitirles que sigan sus vidas», según sus propias palabras, cargadas de soberbia. Oliver O’Grady no solo se muestra absolutamente consciente de las atrocidades que ha perpetrado, sino que, pese a esto, parece desconocer por completo la dimensión de los efectos y traumas que su accionar ha causado en sus víctimas. Sólo su polémico testimonio bastaría para una gran película. Sin embargo, Amy Berg va más allá de su figura, y se adentra en las vidas de algunas de sus víctimas y sus respectivas familias, mientras contrasta estos testimonios con las declaraciones judiciales de O’Brady y algunos obispos y cardenales como el cardenal Roger Mahony, que desde sus rol avaló el accionar criminal de más de 550 sacerdotes que se encontraban bajo su jurisdicción. Más allá de O’Grady y sus abusos, Amy Berg revela el entramado de complicidades de la Iglesia, que llega hasta el propio Papa Benedicto XVI quien, mucho antes de ser elegido como el sucesor de Juan Pablo II, y en su cargo de Prefecto para la Congregación para la Doctrina de la Fe, decidió mirar para un costado y no tomar acciones frente a la enorme cantidad de abusos perpetrados por sacerdotes en Estados Unidos. La película incluye testimonios relevantes, como el del padre Tom Doyle, quien decide enfrentar a toda la Iglesia en su constante denuncia de abusos, y declaraciones que causan estupor, como aquel pronunciado por una de las víctimas, que afirma que uno de los obispos consideraba el abuso de sacerdotes a niñas como algo normal o fruto de la curiosidad, mientras que el abuso a niños podían considerarlo como una atrocidad por revelar una inclinación homosexual. Líbranos del mal muestra, sin sutilezas ni golpes bajos, una extensa cadena de horrores, que llegan a momentos de hondo dramatismo, cuando el padre de Ann Marie Jyono, una de las víctimas, cuenta cómo se enteró, años después, de la verdad que ocultaba su hija, y declama a viva voz que fue traicionado por la Iglesia, y que el hombre en quien más confiaba violó a su hija. Si este momento es conmovedor, lo siguiente, el viaje de Ann Marie y sus padres al Vaticano para entregarle al Papa una carta, es terriblemente desolador, al resumir el silencio del Vaticano frente al reclamo de las víctimas. Todo esto forma parte de este sólido documental, resultado de una exhaustiva investigación, hasta conformar una de las mejores y más contundentes radiografías sobre un tema candente, que no parece arribar a una acción concreta del Vaticano para frenar este accionar, que acumula casos en todos los países en los que la Iglesia Católica posee su cuota de poder e impunidad.

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Dirección y guión: Amy Berg.
País:
USA.
Año: 2006.
Duración: 101 min.
Género: Documental.
Producción: Amy Berg, Hermas Lassalle, Frank Donner y Matthew Cooke.
Música: Mick Harvey y Joseph Arthur.
Fotografía:
Jacob Kusk y Jens Schlosser.
Montaje: Matthew Cooke.
Estreno en USA: 13 Octubre 2006.

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CÓMO SE HIZO «LÍBRANOS DEL MAL»

  Con espacios como 30 Minutes of Special Assigment, de la CBS, y más tarde para la CNN, la realizadora Amy Berg llevaba invertidos cuatro años de investigación en torno a los sacerdotes pedófilos. Había producido varios informes sobre los escándalos de pedofilia en el seno de la Archidiócesis de Los Ángeles, y estaba muy familiarizada con el Cardenal Roger Mahony y con los más de 550 sacerdotes bajo su jurisdicción que habían abusado de niños sin ser castigados. Sin embargo, nada de ello le había preparado para el Padre Oliver O’Grady. Los abusos de O’Grady superaban todos los de sus colegas. Es un hombre que siente escaso remordimiento, cuya compulsión ha destrozado familia tras familia. Sus veinte años de servicio en la Iglesia los dedicó a dos actividades: guiar a su comunidad, y planificar su próximo abuso. Seducía a los padres para ganarse el acceso a sus hijos. Violaba a chicos y chicas de todas las edades. Alcanzó a violar a un bebé de nueve meses. O’Grady fue por fin encarcelado y, tras cumplir la pena, deportado a Irlanda, donde había nacido. Pero Berg, que se había documentado acerca de la negativa de la Iglesia a facilitar documentos privados relativos a los sacerdotes pedófilos de Mahony, descubrió que ninguno de los superiores de O’Grady había encarado escándalo público o castigo alguno. El mismísimo Cardenal Mahony había negado haber mantenido contacto significativo alguno con O’Grady, pese a que la documentación más bien demostraba lo contrario. Con el deseo de escuchar el otro lado de la historia, Berg averiguó el teléfono de O’Grady en Irlanda y le llamó.  Incluso tras varias conversaciones con O’Grady, Berg seguía perpleja. «Se mantenía totalmente desvinculado con respecto a los abusos que había inflingido» —recuerda—. «Le resultaba imposible recordar todos y casa uno de los hechos. En algunos casos ni siquiera estaba seguro de haber hecho algo indebido». Finalmente, tras varias conversaciones telefónicas semanales, O’Grady se avino a encontrarse con Berg. Ésta voló inmediatamente a Irlanda. «Ni siquiera era consciente de que estaba haciendo una película acerca de esto» —admite—. «No estaba realmente asustada. Me podía más la curiosidad de encontrarme con él. Estaba convencida de que ‘era lo que debía hacer’».

  Empleó cinco horas con O’Grady en el centro de Dublín. Pese al rechazo que le provocaban los crímenes de aquel sujeto, Berg se vio sorprendida al descubrir a un hombre de aspecto recatado y agradable. «Se hacía fácil adivinar la razón por la que tantos padres nunca habrían sospechado de él» —comenta la realizadora.

  O’Grady se mostraba abierto a hablar de su enfermedad y expresó su firme deseo de explicarse ante sus víctimas. E incluso algo más importante, estaba siendo abiertamente crítico con el Cardenal y las prácticas mafiosas de perjuro, tergiversación y negación de la Iglesia. O’Grady aseguraba que sus superiores eligieron ignorar su condición en lugar de enfrentarse al escándalo y arriesgar la promoción en sus propias carreras. Siguieron asignándole nuevas parroquias, una táctica que O’Grady comparó con ofrecer a un alcohólico más bebidas alcohólicas.

  Berg comprendió al instante que en O’Grady había potencial para una película muy interesante; sin embargo, no fue hasta cuatro meses después que éste le llamó para comunicarle que estaba dispuesto a hacer pública su historia. Tras la llamada, Berg regresó a Dublín para rodar durante diez fructíferos días una serie de entrevistas con el otrora sacerdote. Pese a la sensación de náusea que le embargaba para cuando la semana tocaba a su fin, Berg estaba convencida de la valía de sus esfuerzos. «Mi objetivo era verter luz en todo cuanto había permanecido oculto durante tanto tiempo, y todo eso era una información de valía incalculable» —comenta la directora.

  Berg siguió con su investigación en los Estados Unidos, acumulando tanta información como le fue posible acerca de los abusos del clero californiano. Entre muchos otros testimonios, LÍBRANOS DEL MAL incluye metraje nunca antes visto de la deposición del Cardenal Roger Mahony y de su antiguo brazo derecho, Monseñor Cain. Berg también se acercó a un número de antiguos sacerdotes, abogados, y psicólogos, incluyendo al especialista en derecho canónico y medievalista Padre Thomas Doyle, con la intención de entender mejor la fe católica y la psicología que connota el abuso de niños.

  Mientras se esforzaba por dar forma a la compleja dinámica de su historia, Berg estaba segura de una cosa: no habría narrador en este documental. «Quería que O’Grady y los otros hablaran por ellos mismos. No parecía justo que yo añadiera mi opinión» —comenta. Y sigue—: «O’Grady resulta tan chocante y real, que no me hubiera sido posible imaginar un villano mejor. Parecía redundante abundar en ese aspecto haciendo uso de la narración».

  Como resultado de ese criterio de Berg, LÍBRANOS DEL MAL ofrece con clarividencia hechos acerca de muchos aspectos del abuso clerical. Por ejemplo, ¿por qué se ve la Iglesia Católica dificultada con tantos pedófilos? «Porque la Iglesia tiende a atraer a niños pobres, desprovistos de derechos, muchos de los cuales eran ya víctimas de abusos» —explica Berg. De modo distinto a otros tipos de sacerdotes, esos hombres crecen en el seno de la Iglesia en un entorno represor que niega y refrena el desarrollo sexual normal, por tanto se genera la predisposición a la pedofilia.

  ¿Y qué hay acerca de la preponderancia de pedófilos homosexuales en la Iglesia? «Pura maniobra de distracción» —comenta Berg—. «No existen informes de ningún tipo de vínculo entre homosexualidad y pedofilia. Muchos violadores abusan de ambos sexos, pero la Iglesia recurre a la propaganda anti-gay para generar un chivo expiatorio.» Y, yendo un paso más allá, la Iglesia ha admitido abiertamente que ellos no respondían a las protestas que implicaban a niñas, mencionando la «lógica curiosidad sexual» de los sacerdotes, incluso cuando las víctimas eran tan pequeñas como para sólo sumar cinco años. Las autoridades de la Iglesia siguen engañando tanto a los parroquianos como al público, haciendo mención de estudios obsoletos sobre la homosexualidad que se remontan tan atrás como el año 1973. «Ésa es la misma gente que dice a los parroquianos de todo el mundo que los condones no evitan la infección del virus de inmunodeficiencia humana (VIH)» —comenta Berg.

  Mientras las investigaciones de Berg llevaban a ésta en múltiples direcciones, halló el núcleo de su película en una reunión de un grupo de ayuda nacional llamado SNAP, la red de supervivencia para las víctimas de los sacerdotes. Allí conoció a varias de las víctimas de O’Grady ahora ya adultas. «En un primer momento, la mayoría de los supervivientes no me tenían confianza porque había pasado una semana con O’Grady» —admite Berg—. «Pero finalmente creyeron en mi objetivo, que consistía en exponer los problemas sistémicos que contribuyen a esa gran crisis. Comprendieron que quería mostrar más de un lado de este conflicto».

  Aunque muchas víctimas no estuvieron preparadas para participar debido a cuestiones de privacidad, Berg encontró a varios participantes muy predispuestos, entre ellos, Ann Marie Jyono y Nancy Sloan. Como la mayoría de víctimas de abuso sexual infantil, Jyono y Sloan todavía estaban teniéndoselas con las ramificaciones psicológicas de sus traumas. Pero Berg descubrió que también estaban trastornados debido a una pérdida adicional: la de su fe.

  Berg nos explica: «Para la gente cuya fe es profunda, la Iglesia significa toda su existencia social y espiritual. Su fe es la base de toda su vida. Cuando los parroquianos sufren abuso, pierden tanto su sistema de creencias como su comunidad eclesial. El efecto es devastador. Se ven arrojados, y muchas de sus vidas acaban respondiendo a patrones de relaciones fracasadas, aislamiento, vergüenza y, en ocasiones incluso suicidio. Este ciclo de abusos alcanza una profundidad de calado y deviene más destructivo de lo que nadie sería capaz de adivinar sólo a partir de los ‘escándalos’ en torno a los abusos sexuales que relatan los periódicos».

  Las víctimas de abusos sexuales del clero han comenzado a manifestarse ante sus iglesias; pero los obispos y cardenales han rechazado sistemáticamente permitirles ser escuchados. «Las autoridades de la Iglesia están aterrorizadas ante la posibilidad de que se les pidan cuentas. Más bien ignoran los errores que la Iglesia comete antes que disponerse a sentarse para conversar mostrando cierta compasión» —nos dice Berg. Algunos de los momentos más estremecedores de LÍBRANOS DEL MAL nos muestran a esas autoridades negando todo relato de las víctimas, tildándolos de imposibles e inciertos, y ello pese a los montones de evidencias de lo contrario.

  Pese al hecho de que en muchos de los casos ya ha expirado el periodo en que es posible emprender acciones legales, se están clasificando montones de casos de abusos sexuales contra la Archidiócesis de Los Ángeles. Además, el fiscal del distrito de esa ciudad ha solicitado la publicación de las «evidencias» de la Archidiócesis en cuestión: los archivos personales de los sacerdotes que informan de quejas y malas conductos. La Archidiócesis ha contrarrestado esas solicitudes con cuatro años de inflexibles apelaciones, y ello pese a que cada tribunal, llegando a la Corte Suprema de los Estados Unidos, ha desestimado su caso. «Bajo la administración de Mahony, la Archidiócesis de Los Ángeles se gasta dos millones de dólares al mes para cubrir las minutas de los más prestigiosos abogados para que éstos impidan la publicación de información incriminatoria» —informa Berg—. «Se trata de millones de dólares invertidos en su protección en lugar de hacerlo para el bienestar de las víctimas. Queda claro donde están las prioridades».

  De un modo sistemático, la Iglesia niega las víctimas de los abusos y las margina más si cabe, y algunas como Jyono y Sloan siguen siendo traicionadas por la institución en la que la educación recibida les dijo confiar por encima de todo. La consecuente sensación de aislamiento sólo se ve agravada por un público caprichoso y vergonzante que se deleita con los escándalos pero que resulta incapaz de escuchar o comprender la perspectiva de las víctimas. Como Berg subraya: «Si no escuchamos a aquellos que necesitan ser oídos, entonces estamos acusándoles en silencio».

  Berg confía en que LÍBRANOS DEL MAL sea parte de la solución. «Las víctimas de abusos sexuales hablan claro cuando se les da la oportunidad de explicarse y de cicatrizar las heridas» —comenta—. «Comparten una imperiosa necesidad de creer que el equilibrio es recuperable y de que es posible que ellos y otros cambien. La película es un fórum en el que ellos pueden expresarse y avanzar, y albergar la esperanza de animar a otros a tener el coraje de hacer lo mismo».

  La prueba está en Ann Marie Jyono. Le llevó veinticinco años poder decirles a sus padres que fue víctima de abusos en manos de O’Grady. Su padre, Bob, se había convertido al catolicismo para poder casarse con su esposa. Actualmente, se niega a poner un pie en una iglesia católica. A veces, Ann Marie todavía asiste a misa los domingos, pero llora a lo largo de cada servicio al que asiste. Durante años, ha sido incapaz de visitar a sus padres sin estallar en llantos.

  Cuando Berg acabó la realización de LÍBRANOS DEL MAL, recibió una llamada telefónica del padre de Ann Marie. Bob lleva un aparato auditivo y gritaba mucho por el auricular del teléfono, pero Berg podía percibir que estaba en éxtasis: «¡Amy! Te estoy muy agradecido por incluir a Ann Marie en la película» —gritaba—. «Has cambiado todo. He recuperado a la familia. Ann Marie ya no llora. Ha pasado de ser una víctima a ser una superviviente». Berg saborea ese momento. Y nos comenta: «Entonces supe que habíamos logrado crear algo de gran valor a partir del algo que olía a podrido».