cara_de_queso_final 08-08El gran debut

Publicado originalmente en “Yo Soy George Clooney”

La verdad que sí. Nos debíamos una crítica de Cara de queso, la ópera prima de Ariel Winograd. Parece que ultimamente no se nos da por escribir sobre películas que nos entusiasmen, y en este caso, el entusiasmo compartido entre los tres cobloggers merece que se hable de ella. Lo cierto es que ya venía bien de antes, pocos días antes del estreno escuché a Osvaldo Bazán decir que desde Esperando la carroza no se ve una comedia de tan buen nivel. Déjenme decir que no exagera.

De la trama se puede decir mucho, pero adelantemos lo indispensable. En el verano de 1994, un chico llamado Ariel Winograd (biográfica, o al menos en gran parte, como se habrán dado cuenta) va como todos los años con su familia a un country para gente “de la cole”. Un episodio de humillación del que es testigo, mas el clima de humillación permanente en el que convive con los chicos de su edad, serán los elementos principales que irán articulando la trama. El comienzo de la película, claramente un drama, adelanta muy poco lo que será el resto, una sucesión de escenas y subtramas (una más graciosa que la otra), sobre las que se van desenvolviendo historias como la de la babe Chola (inigualable el rescate de la leyenda viva de nuestro cine María Vaner, quizás de los mayores aciertos de la película), controladora, mandona, de esas mujeres que te dicen algo lindo y por lo bajo ya sabés qué piensan, con su marido, un sufrido Juan Manuel Tenuta que tiene una más que interesante teoría sobre la que se sustenta el nudo de la película. O también la de David y Romina (Martín Piroyansky y Julieta Zylberberg), ejemplo paradigmático del dictamen familiar, o la de Felman (la ya figurita repetida del nuevo cine, Nahuel Pérez Biscayart, mejor que nunca, interpretando a un chico diez años menor, y retardado), enamorado de Nati (la única que no se come ninguno de los espejitos de colores que adornan el verano countrista).

La película se extiende en esas historias sin perder jamás el hilo de lo que quiere narrar. Es verano del ’94, cerca de las elecciones que le dieron por segunda vez el voto a Menem, y en el country se ve ese sentimiento de ilusión óptica. Detrás de todo, o mejor dicho, a la vuelta de la esquina, se observa la corrupción impregnada en los mayores, y el encierro en el que se ven sometidos los niños en ese lugar, fruto de la hipocresía y de esa intención de gueto que tienen algunas personas de la cole, de encerrar no solo en lugares sino en espacios sociales como la familia preconstituida, por ejemplo. En relación a los números que identifican las unidades, las casas en el country, Tenuta suelta la reflexión más hiriente y luminosa de la película: “Antes el número te lo tatuaban en el brazo”.

Esta comedia, redonda como pocas, graciosa como muy pocas, tiene la virtud de incorporar en su elenco actores debutantes como el chico Sebastián Montagna; con actores de nuevo cine argentino, como Pérez Biscayart, Zylberberg, Piroyansky, Daniel Hendler (como el madrij a cargo); con actores de televisión como Mercedes Morán, Carlos Kaspar, y muy breves apariciones de Carlos Santamaría y Silvia Pérez; con actores de prestigio como Federico Luppi, Susú Pecoraro o la Vaner, y lo más interesante es que todos se conjugan a la perfección, sin que nadie sobresalga más de lo esperado, claro mérito del director. Y además tiene la enorme virtud de partir de una base clásica como es la comedia con toques dramáticos vinculada con el despertar sexual adolescente, para hacer una muy profunda lectura crítica sobre el menemismo, lo que era en esa época, tanto para grandes como para los chicos (aquí hay que pensar en la mentalidad que tienen algunos “chicos ricos” de la película acerca del personal de servicio) y lo que finalmente nos dejó. En ese sentido, yo citaría también una película que muchos críticos la ven de otra forma, pero para mí es claramente antimenemista, como es 76 89 03. Y también sabe cómo pintar como nunca la mentalidad moishe (y eso que ya veníamos con las experiencias de Burman y la reciente ópera prima de Lichtman, a propósito, ¿se percataron que muchas de las mejores comedias argentinas ultimamente provienen de directores judíos?).

En cuanto a las referencias, no se ve mucho de lo que ya entendíamos hasta ahora como comedia argentina judía, más bien vemos algunos parentescos con la nueva comedia americana, e incluso algún que otro gag que hacen recordar La pistola desnuda. Sorprende gratamente el nivel de planificación formal de la película, si se la observa bien, uno se da cuenta que no parecería haber ningún plano improvisado, raro en un director debutante, pero un muy buen signo. Y especial atención merece también lo que dijo Winograd en una entrevista, que quería el cielo como el de Los Simpsons. Más diferencia que eso con los autodenominados auteurs del nuevo cine…

Además, los elementos, desde el vestuario, la ambientación, los peinados, las calzas, y los demás apuntes referenciales (algunos más pequeños que otros), como el tema que suena en el boliche producto de la factoría Tinelli/Videomatch/Ritmo de la noche, o la presencia estelar de Sergio Denis, van en perfecta consonancia con lo que se cuenta.

Abro paréntesis y me tomo unas licencias personales de tipo biográficas: Primero. La película sucede en el ’94, en el año 1991 o 1992 fui con mis papás a Mar del Plata, y lo fuimos a ver a Sergio Denis. Recuerdo que sacamos en pulman y apenas si se lo veía, el plano general de él cantando me despertó ese recuerdo, de cuando tenía 6 o 7 años (depende el año).

Segundo. No hace falta decir mucho sobre el tema de la humillación en la adolescencia. A esa edad me jodían en la Escuela Hebrea porque era como quien dice un “cufa” o un “traga”, y no participaba de las actividades que se hacía los sábados en el Bet-Am (no me decían Cara de queso, pero alguno que otro me puso un apodo). Sí, más que un gueto parecía una mafia, pero se que eso no es moneda corriente solo de los judíos, como dijo Winograd en una entrevista, todos fuimos de alguna manera humillados a esa edad.

Tercero. Cuando salimos de la función de preestreno en la FUC, Mega me dijo algo que no podía dejar afuera de esta nota. “Me encantó la pelí, que se yo, pero igual… ahora (con todo respeto, ¿no?) doy gracias de no haber nacido judío”. Poco para decir, a mí me puede gustar mi religión y mi identidad, pero no somos ciegos, muchas de las cosas que Cara de queso muestra con crueldad son, parafraseando el premiadísimo y absurdo corto de Winograd, 100% ciertas. Las bobes o babes, por ejemplo, son así como Chola (que no solo le dicen así a la abuela de Igna, un compañero mío de la Escuela Hebrea, sino que además se le parece fisicamente), y si no son así le pegan en el palo.

Ácida, luminosa, inteligente y divertida, todo eso por donde se la mire. Así es Cara de queso, que lamentablemente tuvo críticas en los diarios más tibias que lo que, a mi criterio, supongo deberían haber sido, y que, espero, haya llegado a todo el público al que tiene que llegar (no me cabe duda que los que la vieron la disfrutaron, y la recomendaron tanto como yo lo vengo haciendo desde que la vi).

A diferencia de la ingenua ilusión que tienen de debut los chicos del country El ciervo, éste, el de Winograd grande, es un verdadero gran debut. Felicitaciones.