munich_xlgPublicado originalmente en la revista Hamilá y en Yo soy George Clooney

Munich, 1972. Once atletas israelíes son tomados por rehenes por una organización terrorista palestina, luego conocida con el nombre de Septiembre negro, durante los Juegos Olímpicos disputados en dicha ciudad. Los hechos culminan en masacre en medio de un fallido intento de rescate. Los Juegos siguen su curso como si nada hubiera sucedido.

Steven Spielberg toma este hecho como puntapié inicial para una narración que incita a la reflexión, en este, no sólo su film más polémico hasta el momento, sino el más político.

Para explicar esto basta ver la secuencia introductoria de Munich, donde se narra la masacre de Munich desde la perspectiva del pueblo judío y del palestino. Es que Spielberg, quien además de haber sido considerado el “Rey Midas de Hollywood”, es un cineasta moralmente responsable y comprometido con causas como la Shoá y demás temas asociados con sus raíces judías, aquí adopta una postura más madura, no divide las aguas en héroes y villanos, y traza con estos elementos una trama aún más compleja de lo esperable.

Avner, el protagonista (estupendamente interpretado por Eric Bana), es un agente israelí convocado por el gobierno de Golda Meir para liderar un grupo secreto cuya misión es asesinar, uno por uno, a todos los responsables de la masacre de Munich.

Durante el transcurso de dicha misión, se desarrolla todo el cuestionamiento moral que afecta a los agentes y que resulta el conflicto principal de la película. Los agentes, a la vez que actúan como profesionales, se permiten preguntarse por qué ejecutar esas órdenes, qué se consigue con la venganza, con eliminar cabecillas y líderes terroristas, si eso sólo genera el reemplazo de estos por otros. Mientras los nombres cambian, la política de enfrentar al terrorismo con más terror, provenga este de un estado democrático como Israel o no, sólo puede generar una escalada de violencia imparable, porque la violencia sólo puede generar más violencia. Esa es la conclusión a la que arriba Avner, luego de un camino arduo y doloroso, el plan inicial de “eliminar objetivos” se irá trastornando, hasta atravesar, por ejemplo, toda Europa para vengar la muerte de uno de los agentes del grupo. Las discusiones ideológicas se suceden, y el punto de vista de este agente atormentado por la misión que le encomendaron, termina siendo el claro punto de vista del realizador.

Avner descubre que el único refugio para su tormento, la única paz que finalmente podrá encontrar en el mundo, se encuentra al calor de su hogar, con su mujer y su hija.
Técnicamente irreprochable, como todo film de Spielberg (a esta altura ya un reconocido maestro en el manejo del lenguaje cinematográfico), en esta película trabaja con recursos concretos como el zoom, que permite no sólo asociarla los films producidos en los setenta, época en la que se sitúa el film (época en la que el zoom era un recurso en boga), sino que además le aporta cierta aparente desprolijidad que le otorga un carácter de urgente y necesaria.

En este mundo que sabe caer constantemente en los mismos errores del pasado, Spielberg nos deja un film urgente e indispensable para entender el mundo en el que vivimos, y deja un mensaje claro. Al final, luego de que Avner se niega a encarar una nueva misión, invita a Ephraim (Geoffrey Rush), el funcionario que le encargó la misión, a su casa a cenar, a cumplir la mitzvá de compartir el pan. Al rechazar la invitación, sus destinos se separan definitivamente, y la cámara nos deja con una última y sobrecogedora imagen, el paisaje de New York en los setenta, con las Torres Gemelas. Esta última imagen sintetiza todo lo dicho en el transcurso de la película, que la lucha contra el terrorismo con las mismas armas, sólo ha logrado que dicha batalla continúe hasta nuestros días, un conflicto que parece no tener solución, y que no lo tendrá mientras los supuestos países civilizados continúen respondiendo como bestias. Un conflicto sin héroes ni villanos, sólo enemigos.