aura0501Publicado originalmente en Yo soy George Clooney

Jueves 15 de septiembre, 14:15 hs, Cinemark de Puerto Madero, primera función de El aura. Llegamos con Maro a verla. Irónico (perdón, Mega, por esa expresión), llegamos corriendo por las calles como Darín y Pauls en Nueve reinas. Nos disponemos a verla.

Años siguiéndole la pista, desde que supe que Bielinsky la estaba escribiendo. Meses teniéndola como la película que más ansiaba ver. Demasiadas expectativas que bien podían convertirse en una rotunda decepción. Es más, con tantas expectativas era más probable que me defraude a que me conforme. No. El aura resultó ser la mejor película argentina del año y, quizás, una de las mejores películas argentinas que vi en mi vida.

Lo es por muchas razones. La primera de ellas es el riesgo. Bielinsky, con todo Patagonik de su lado, con pre-ventas internacionales, con varios países ansiando ver su próximo paso, con una campaña publicitaria acorde a su calidad de tanque, se decide por una película puramente contemplativa, oscura, extensa sin ser aburrida, refinada en sus minuciosos detalles, sin golpes bajos ni giros bruscos de guión (característica principal de Nueve reinas). Una película que, si no hubiera sido precedida por el extraordinario (en todas las acepciones de la palabra) éxito de Nueve reinas, no habría recibido todo el apoyo que tuvo.
Lo tuvo, y en vez de entregar un rock, un twist, un hit pegadizo, una que sepamos todos, Bielinsky entregó una ópera, ambiciosa y rigurosa a la vez, forma que le sienta a la perfección a El aura.

Otra de las razones es su historia, el lento transcurrir de una semana en la vida de un taxidermista obsesivo, meticuloso y con una sorprendente aprehensión de los detalles. Detalles que construyen robos, ambiciones, locuras difíciles de cometer, al menos para este personaje, que cuando quiere actuar por primera vez, termina matando a un hombre por accidente (el pie inicial del conflicto, el primer plot point). Un hombre inmerso en una serie de acontecimientos que lo obligan a tomar decisiones, a optar entre su cerebro y sus impulsos, y cuyas determinaciones lo alejarán definitivamente de la imagen del típico héroe norteamericano que quizás hubiera protagonizado esta película. Un personaje y un actor (Darín en un papel insuperable, incluso y sobre todo para él mismo) que no se separan del espectador en ningún momento, que son casi la proyección del espectador dentro de la película (esto último suena mejor en boca del propio director). Un personaje que ni siquiera tiene nombre (el Espinosa que se usa para nombrarlo en las críticas y comentarios de la película es apenas un truquillo publicitario), hecho que hace más sencilla la empatía con el espectador. Un personaje con la dificultad de tener dentro de su propio cerebro la puerta abierta a lo imprevisible, simplemente por tener una puerta abierta en su cerebro, lo que lo lleva a padecer constantes ataques de epilepsia, elemento que juega un papel preponderante en la trama.

Y aquí otra de las razones por la que disfruté esta película, porque no me es ajena. Siendo pequeño, tres, cuatro años, tuve convulsiones, que derivaron posteriormente en ataques de epilepsia a los trece años, y un tratamiento de unos seis años con Tegretol (medicamento que toma el taxidermista, de ahí el título de este artículo). A los diecinueve años dejé de tomarlo, y hace un año y medio que no sufro ataques, teniendo la seguridad de que lo mío fue un simple y común caso de epilepsia adolescente. De todas maneras, disfruté al momento de ver en pantalla el ataque de epilepsia del personaje, mejor dicho el instante previo al ataque, el aura en sí. Pude reconocer por haberlo vivido, ese zumbido en la cabeza, esa luz que titila (que en la película no se ve porque la cámara está siempre frente a Darín), ese instante que el personaje describe de modo epifánico y que, al menos por mi experiencia personal, debo decir que no es tal (mi caso es distinto por conllevar convulsiones), pero le da a ese instante un toque maravilloso, un movimiento mayor, sutil y central en esta ópera.

En síntesis, El aura es una película de una destreza cinematográfica formidable, una lección “a la argentina” de cómo construir una gran película, de puesta en escena y manejo del espacio off, de dirección actoral, de nivel técnico, un exceso de ambición que no por ello es pecaminoso, una apuesta fuerte que deberá encontrar su público. Ojalá que lo consiga y que sea un éxito, tiene la ventaja de tener toda la crítica a favor y una campaña promocional irreprochable, pero no deja de ser una película arriesgada. Del éxito o fracaso de esta película dependerá el triunfo o la derrota del cine argentino como tal, al menos de lo que se pretende denominar cine de género de autor, y que tanta falta le hace al cine argentino. El público tiene ahora la chance de elegir, de ellos dependerá el destino de este tipo de cine. Ojalá que triunfe, que se haga la luz, que sobrevenga el aura.