Publicado originalmente en «Yo soy George Clooney»

El hecho que narraré a continuación ocurrió hace dos meses, jamás lo compartí con nadie y, dado su carácter de momento inolvidable en mi vida, hoy siento la necesidad de contarlo por este medio.

Cierto jueves de mayo a eso de las 5:15 de la mañana, el repicar del teléfono interrumpió abruptamente mis sueños. Usualmente me despierto a las seis, por lo que en ese momento solo atiné a golpear mi cabeza contra la almohada, intentando hacer oídos sordos al llamado. El teléfono no paraba de sonar. Levanté el tubo y no pronuncié palabra alguna, esperando una respuesta del otro lado. Segundos de silencio invadieron ese momento, hasta que de pronto, una voz ronca se oyó del otro lado. “Anita… estoy muerto. Badalamenti está muerto”. Al terminar de decir sus sentenciosas palabras, cortó, sin esperar respuesta de este lado.

No hizo falta que pronunciara su apellido para poder reconocerlo, al oirlo decir “Anita… estoy muerto”, su voz ronca ya se me hacía familiar. Ángelo Badalamenti, uno de los cineastas más desconocidos, fascinantes y legendarios del cine argentino, había llamado a mi casa por error.Read More

Cuando corté, pude apreciar un número telefónico en el identificador de llamadas, era un número que nunca había visto, era “su” número. Inmediatamente corrí hacia el baño a lavarme la cara, debía asegurarme que lo que acababa de suceder no era un sueño. Al volver a la habitación, el número seguía allí. Rápidamente marqué ese número, y antes de que escuchar su voz, le disparé a mansalva: “Badalamenti… Genio. Maestro. Lo admiro”. Sí, bastaron esas palabras para salvarle la vida.

Ángelo Badalamenti, cineasta ítalo argentino, inició su carrera a mediados de los sesenta, y junto con Luis Alberto Sartori constituyó uno de los grupos más significativos de esa época. Pese a esto, las películas industriales que realizaron fueron en su momento las menos taquilleras. La crítica cinematográfica los consideraba la avanzada del “cine bochorno”, denominación que tomaron para autocalificarse, parodiándose a sí mismos. “Somos el cine bochorno, y ¿qué?”, repetían a quien quisiera oírlos. Curiosamente nadie los oía, pero ellos siguieron produciendo. De ese modo, Badalamenti dirigió películas de culto como Engominados en la villaTanta guita al divino botón –la censura de esa época vetó su título original: Tanta guita al pedo y le aplicó varios cortes para aplacar, lo que ellos llamaban, su contenido claramente marxista–, y la hoy considerada obra maestra del cine erótico argentino Las señoras de oficio –película titulada originalmente Las putas, de la que desapareció, por pedido de los censores, aproximadamente cincuenta minutos de su corte final, reduciendo la película a mediometraje–.

Curioso destino el de Las señoras de oficio, la película se vendió a varios países, sin llegar a tener el nivel de exportación de una película de Isabel Sarli, triunfó sin embargo en la España franquista, donde le quitaron otros diez minutos de metraje, y así y todo, ganó el premio a mejor director en el festival internacional de Vera Cruz. Las críticas elogiaban, entre otras cosas, el poder de síntesis del director, que en veinte minutos podía describir, con gran talento, la situación social de las mujeres en el mercado laboral. Otras críticas lo consideraban el primer director feminista. Claro está, de las prostitutas ya no quedaba ni el título, y hubo que esperar a que retorne la democracia para que los españoles pudieran apreciar los diez minutos que allí le habían cortado, en ese momento la película fue un boom y recibió el mote de “la película que se adelantó al destape”.

Badalamenti aprovechó el fugaz éxito de su película para radicarse en España, donde realizó algunas películas por encargo, y su obra maestra por excelencia, El mar en llamas, de la que hablaré en otra oportunidad.

Pasados unos años, si bien no gozaba ya del cariño del público, sus realizaciones lo mantenían vivo, hasta que un día alquiló una película –no se sabe cuál, pero se dice que una importante película norteamericana–, y mucha fue su sorpresa al descubrir el nombre de Ángelo Badalamenti como el compositor de la música del film en cuestión. Sorpresa, resignación e impotencia, todo eso sintió al ver qué un homónimo suyo triunfaba en la meca del cine. “No puedo hacer cine si se que hay otro Ángelo Badalamenti más famoso que yo. Mi nombre ya no vale nada.” Le ofrecieron seguir filmando y no aceptó, le ofrecieron filmar con seudónimo y tampoco, declinaba sistemáticamente toda oferta que se le presentaba. Y aquí es cuando comienzan las dudas, de aquí en más sobre su figura se montó un halo de misterio, por años no se supo nada de él, mientras tanto su nombre triunfaba en Hollywood de la mano de un afamado músico.

Después de mi respuesta a su desesperado lamento telefónico tuve la oportunidad de conocerlo. Muchas veces me agradeció el haberle salvado la vida, y hoy por hoy se encuentra escribiendo su autobiografía, de la que sabe, en España tomaran la décima parte para encumbrarlo, en E.E.U.U. le harán juicio por el uso indebido del nombre de una figura del espectáculo, y en Argentina directamente no lo podrá editar por carecer de potenciales lectores. En el resto del mundo, supone él, será un verdadero best seller.

Por todo eso aprovecho este blog, y estas palabras para manifestar públicamente mi admiración por este señor. Dios bendiga a Ángelo Badalamenti. Viejo apasionado, romántico e irracional de nuestro cine.